Entre un cúmulo de papeles, ahí estaban las escasas palabras. Había miles, para ser sinceros, pero ahí se encontraban las que andaba buscando. Tras el tiempo vagando entre habitaciones negras, mentes huecas y hojas en blanco, logró hacerse con lo que más precisaba. Un momento plenamente suyo, de los pocos que recordaba como auténticos.
Releyó esas diez palabras, más de diez veces. Por cada ocasión, en la que los ojos desfilaban por entre las letras, se formaba una nueva expresión y una distinta forma de leerlo. Desde el desconcierto inicial, a una sonrisa tímida, de esas que no se pueden contener. Pasó de creer en que era mera nostalgia ante un tiempo mejor, a percatarse de que seguía en ese "tiempo mejor".
Volvió a leer el pequeño pedazo de papel. Era escueto y escaso, arrugado hasta poder decir que maltratado. Pero en su insignificancia, había conseguido confeccionar de nuevo un hoyuelo, en el lado izquierdo del fin de sus labios. No era mucho, pero si cuanto necesitaba. Dobló el castigado fragmento de papel y lo guardó donde estaba. Ya sabiendo su contenido de memoria, recitó las diez palabras:
"Quédate a dormir hoy. Bueno, quédate una semana... ¡Un mes!"