[Chessboard by Shouvik Saha on Flickr]
Bajo un frondoso castaño del parque había una pequeña mesa de ajedrez y dos sillas que la acompañaban. Era habitual ver siempre pequeñas batallas sobre el tablero, ya fuese entre dos amigos, parientes o rivales desconocidos. Los usuarios más frecuentes que se encontraban bajo el gran castaño eran varios ancianos.
Un día, mientras paseaba para relajar los nervios del trabajo, me detuve a observar una partida. Las piezas se devoraban con calculada estrategia y los rivales se perdían tras sus tácticas. Llegué a poco de finalizar el juego, por lo que enseguida ambos contrincantes se levantaron y se dispusieron a marchar. Estuve a punto de irme, pero la nueva pareja tenía un competidor extraño: un anciano entrado en canas que parecía no dejar nunca de sonreír.
El juego fue sorprendente por su brevedad, no pretendía observarlo al completo, sin embargo acabó casi en cuatro minutos. El sonriente anciano fue el ganador, había hecho pocas jugadas pero todo perfecto y estudiado; aparte de que el otro contrincante parecía distraído y no muy atento al juego. Hasta que no se levantaron ambos para estrechar la mano, no me fijé en el extraño detalle: el hombre que sonreía no había utilizado silla, aunque había estado dispuesto como si estuviese cómodamente sentado.
Intrigado, corrí hacia él cuando ya se marchaba con las manos en los bolsillos. Este me escuchó con amabilidad cuando le expliqué lo que había admirado de sus jugadas y el hecho de que quería saber cómo había conseguido estar en esa pose sin soporte. Creo que excedí el tiempo hablando sobre las dudas en este último tema. Debí de sonar demasiado exaltado.
- Uso una silla invisible, muchacho - dijo tras una jocosa risa.
- Venga, hombre, ¿Cómo lo ha hecho?
- No te lo diré - dijo dispuesto a darse la vuelta sin parar de reír, sin embargo se detuvo y me dijo - Tengo una idea. Mañana jugaremos una partida, sobre esta hora, a ver si ganas. Entonces sabrás el secreto de la silla invisible.
- Aquí estaré.
Pasé esa tarde y parte de la noche practicando las mejores jugadas del complicado ejercicio de mesa. Amaneció, desperté tan emocionado como un niño pequeño el día de Navidad y marché al parque. El hombre surgió en el horizonte acompañado de su característica sonrisa, a la misma hora que ayer. Me saludó, se sentó y dispuso las piezas sobre el campo de batalla. Como la mañana anterior, él renegó de la silla que había enfrente a la mía, para sentarse sobre la suya imaginaria.
Estaba francamente tenso, me mordía el interior del carrillo y disfrutaba cada vez que pulsaba el temporizador para dar paso al curioso anciano, solo para quitarme tiempo reflexionando qué decisión tomar. Me sorprendió el tiempo que llevábamos de partida. Quizá el otro hombre con el que compitió ayer era demasiado sencillo, o tal vez yo era mejor de lo que esperaba. El tiempo pasaba y cada vez se me hacía más corto el tiempo entre mis turnos.
Observaba el tablero como si este fuese una bomba a punto de detonar. Las figuras que aún quedaban en pie eran pocas, pero las casillas cada vez resultaban más eternas y peligrosas. El anciano me intrigaba: no dejaba de sonreír, pero sus ojos estaban demasiado atentos a la jugada. En ocasiones juraría que parecía expresar tener problemas en la jugada, lo cual me hacía sonreír. Lograría alcanzar el objetivo que me había motivado tras tantos días de monotonía: ganar la partida y saber el secreto. Era un tanto infantil, pero era lo único que me preocupaba en aquel instante.
A pesar del agotamiento mental tras media hora de intensa partida, lo conseguí. Vencí en la dura contienda. Ayudé al hombre a guardar las piezas que quedaban y ahora mi sonrisa, y el brillo en mis ojos, eclipsaba la alegría del hombre. O eso creía. Me observaba apoyado sobre la mesa, parecía alegre. "Tendrá buen perder" me repetí varias veces. Nos incorporamos y él cogió la caja con sus piezas de ajedrez antes de ponerla bajo su brazo. No decía nada, solo sonreía, incluso con más fuerza que antes.
- Bueno, he ganado - dije atropellado por mi ansia de curiosidad.
- La partida si, muchacho - dijo él antes de empezar a reír.
- ¿Qué quiere decir con ese apunte?
- Has ganado la partida, lo cual me alegra: hacía mucho tiempo que no me entretenía tanto... pero no te diré el secreto, ya que no hay nada que pueda decir - se dio media vuelta, dispuesto a marcharse y dejarme con la duda.
- ¿A qué se refiere? Dijo que si ganaba me contaría el secreto.
- Dije que si a ver si ganabas - se detuvo y me puso una mano sobre el hombro - Te he dado el privilegio de jugar conmigo. He estado media hora sentado frente a ti, si me hubieras observado lo suficiente lo habrías descubierto; te has concentrado tanto que lo que te ha llevado a ganar, te ha llevado a perder.