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sábado, 7 de marzo de 2015

El punto y final de todo libro

Tomó aire con una sonrisa de las reales, de las que no necesitan ser rebuscadas. Se despidió con suavidad pero con la misma proporción de firmeza; llegó a plantearse mirar atrás una última vez y poder repetir un último "Adiós". No, eso no tenía ningún sentido. Por eso mismo sonrió con inusitadas ganas antes de girar sobre sus talones y dar la espalda.

Había dicho poco, pero lo necesario; reflexionó sobre ello durante un instante. Siempre hay que valorar los detalles: al hablar, al escribir o incluso al mirar. Lo propicio es la moderada perfección de cada acto, siendo ésta una acción muy pequeña, mejor cuanto más pequeña. Era como prender un broche en la camisa, para dar un aire de distinción a través de algo tan pequeño que te cabe en la palma de la mano.

Con esa pequeña percepción abrió la puerta. Era tan pesada que solía agarrarla siempre con fuerza, pero aquella vez parecía excesivamente delicada. Pasó por entre las jambas de la puerta y observó todo embobada, como si todo fuese nuevo, precisamente por la cotidianidad que le evocaba. Echó la mano a su espalda, evitando que la puerta cerrase estrepitosamente. Agarró el pomo y guió la gran tabla de madera hasta su posición natural. Sólo una vez estuvo completamente cerrado aquel lugar, oculto tras ladrillos anaranjados y una gran puerta de madera clara, se permitió mirar hacia atrás.

Soltó el dorado pomo en lo que le pareció una acción ralentizada. Todo pasó como debía: el tiempo ni se detuvo ni se aceleró, pero la situación estaba cargada de ficticio estatismo. Igual que cuando cierras un libro tras leer la palabra previa al punto final. No había disfrutado tanto de un instante en mucho tiempo. Lo saboreó precisamente por o soso del momento, por la importancia que tenía aún en un marco tan cotidiano, por la grandeza de su simplicidad.

Fue un segundo tan cargado de un todo contradictorio y lleno de sentimientos, pero no dudó avanzar el pie izquierdo y proseguir su camino con una sonrisa. "Qué curioso" pensó para sí, realmente sorprendida "Siempre comienzo a caminar con el pie izquierdo. Quién diría que es una mala expresión". Caminó cuando quería correr, sonrió en lugar de gritar y disfrutó mirando al despejado cielo, en vez de observar el entorno en exceso común.

Era el cierre de tema de un libro demasiado tiempo escrito hasta la mitad. De esos que dejas de lado con promesas como "ya queda poco para acabar, mañana continuaré". Promesas que el propio escritor escupe como falacias. Pero olvidaba siempre coger pluma y continuar, guiado por esas mentiras. Pero por fin llegó a este triste, a la par que aliviador, punto final: algo grande que termina, pero que deja un sabor dulce tras saber cómo acabó.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.

La costumbre se hizo dueña de cada mañana. Las pisadas, de fuerzas ya agotadas, guiaban al nuevo día. La música pasaba de oreja a oreja, sin dejar rastro alguno en su ser. Se escondió bajo su desdicha y comenzó a llorar sin razón alguna.

Implacable lloró ríos de cordura, cada vez más amargos, por cada paso que daba. Se distanció, forzando el tiempo que haría de su persona un ser que fue importante en otros momentos de la vida. Lloró, otra vez y con más fuerza, al recordar los buenos acontecimientos pasados. Todo hecho feliz era tan fugaz, tan puntual y hermoso, que por ello había temido su pérdida. Realmente seguía temiendo, pero sin saber el qué, pues ya nada quedaba.

La sentencia cada vez era más clara e implacable. Cualquier resquicio de salvación era una risa burlona en su cara y una bofetada a su antiguo henchido orgullo. Los últimos meses habían sido un conjunto de entremeses. Pequeñas falsedades, situaciones ficticias, donde el amor y la amistad prevalecían sobre cualquier mal. Diminutas obras maestras de la risa y la esperanza. Esos primeros platos, para la comida de la vida, no eran más que un edulcorante para intentar alejar la mente del beso de la muerte. Algo imposible de detener o evitar. Ahora ya han terminado y da paso el gran acto: la tragedia.

Extinto hasta el último resquicio de alegría, asustada hasta la más diminuta de las sonrisas, llegó una frase célebre a su recuerdo: "La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan." Se preguntó cómo no iba a ser una tragedia sentir la pérdida de un ser querido, el enfriamiento de una amistad o el fin imparable de una relación. Con cada personaje de la obra que observaba, encontraba miles de cualidades de las que no disponía. Todas ellas buenas, todas ellas nobles; mientras todas las suyas eran desesperantes e inservibles.

Deseó el fin de la actuación, pero esta no llegaba y no tenía fuerzas para levantarse del asiento y salir del teatro. Aguantó largo tiempo ahí, atendiendo a cada matiz de los personajes, a lo cruel que resultaba la vida en aquella puesta en escena y lo real que parecía.

lunes, 28 de julio de 2014

Eterno bamboleo


Comenzó la sensación de estar a punto de desfallecer, como al deslizarte por el mar. Ir de un lado a otro, pero manteniéndose siempre estático. La lejanía ya no importa, da igual, pues el tiempo ya no continúa. Nada logra proseguir, pues siempre se está en la misma situación. La misma sensación que estar encerrado en una habitación, incapaz de salir por más alaridos que la garganta confiera o las patadas que reciba la puerta. Era un eterno dejavú.

Detenerse a mirar por la ventana, para empezar el juego de convertirse en dios. Inventar historias sobre los transeúntes que pasan tras su cristal. Su cristal, pues es su momento. Todos caminan, corren, pasan con sus bicicletas y ríen a su alrededor. Ahogados entre el gozo y las risas, los actores desaparecen y el dios omnipotente degusta su poder. La creación de situaciones que, muy posiblemente, ninguno de ellos ha experimentado.

Una mano humana se deslizó por la mesa y a poco estuvo de derramar su copa. Observa la copa y, en ese segundo, se aleja de todas las fantasías de su cabeza. Termina alejándose, una vez más, de su yo más sano: el inexistente. Vuelve a aquel bar abarrotado de mesas corridas, cervezas y exclamaciones. Olvida todo lo recién creado e idealizado, abrumado de los repentinos sonidos de la sala. Vuelve a ser un mero ser humano. Pierde todas sus capacidades como deidad, para terminar embarcando en un mundo mediocre. Un mundo donde nada vale, pues nada significa.

sábado, 19 de abril de 2014

Acaba tu café y lárgate de aquí


- No esperaba esto - tragó saliva y frunció el ceño.

Tras esa frase tuvo lugar el ruido de la cafetería, como si un director de orquesta pidiese silencio; el oído se afinó y comenzó a subir el volumen de todo lo que lo rodeaba. Ruidos familiares a los que no se presta atención: los pasos de los clientes, el saludo del camarero al entrar alguien al establecimiento, las incomprensibles conversaciones ajenas y el continuo ruido de cucharas contra la porcelana. Apartó los ojos de los de su contrincante. Aquella mirada furiosa y asqueada solo conseguía amargar más aún el fatídico momento.

En las mesas de alrededor había todo tipo de personas. Un anciano solitario estaba totalmente ensimismado leyendo con paciencia el periódico, olvidando por completo su taza de café. Más allá había un par de chicas jóvenes que hablaban en susurros, pero reían ocasionalmente con carcajadas tan sonoras que llamaban la atención de toda la clientela. Varias mesas estaban llenas de hombres y mujeres trajeados, que apuraban el café con prisa para volver a su puesto de trabajo. Cinco señores, dispuestos a lo largo de la barra, tomaban el desayuno que precedía una mañana de bares; qué bonita parecía la vida de jubilado. 

Tanta gente, tantos tipos de vida, tantos modos de vivirla y tantos puntos de vista desde los que apreciarla. Eso pensaba cada vez que se detenía a echar un vistazo a la gente, fuera donde fuese. Era un acto totalmente involuntario, aunque en aquella ocasión estaba potenciado por la imperiosa necesidad de no mirar a su derecha y reencontrar aquella mirada que lo increpaba. "En ningún momento quise romper aquel compromiso, pero era imposible no hacerlo tal como soy". Procuró distraerse otros segundos mirando el entorno, hasta que hizo acopio de todas sus fuerzas y giró la cabeza tomando aire con fuerza. 

Observó su reflejo en el cristal del local, al lado del que estaba dispuesta su mesa. Volvió a encontrar aquella cruda mirada. Romper un juramento siempre es una condena, para el que lo inculpe, pero mayor aún si era un pacto con uno mismo. No se pierde la confianza de otro, sino la propia. Observó las ojeras y el malestar generalizado de su cara. 

- ¿Dónde quedó la fuerza de voluntad y el amor propio? - acercó la mano a la taza de café  - Dijiste que era momento de pasar página - tomó aire con pesadez - ¿Quién confiaría en quien se miente a uno mismo?

"Acaba tu café y lárgate de aquí" dijo ya para sus adentros. No creía que nadie hubiese querido fijarse en su persona, ni que hubieran captado que movía los labios si era el caso contrario. Sin embargo era consciente de que alguien podría tomarlo por un loco. Sonrió levemente, con cansancio. Todo era motivo de preocupación, cuando realmente no era nada. Apuró la taza, pagó en la barra y se fue a la calle. Posiblemente acabaría pensando en todo lo que había prometido y que volvería a intentar validar la promesa; pero también sabía que esa promesa volvería a romperse. 

domingo, 19 de enero de 2014

Qué época tan mala

En qué época tan mala nos hemos metido. Las conversaciones con los allegados comienzan por contar cien penas por cada buena nueva. Ya sean problemas sociales o fantasmas personales Qué época tan mala estamos viviendo, ya sea por unas cosas u otras. 

La puerta se abrió para dejar entrar desdicha e infortunio. Qué época tan mala, completa de rezagados, torturados y maleantes. Estamos estancados; no hay porvenir sin movilidad al avance. Quedan ya pocas ideas en el bote de reservas y las cavilaciones parecen cada vez más pesimistas.

Llegada inminente de un fin sin principio, de la caída sin el ascenso predecesor, del infortunio sin lucro base. Planes que no ven un desarrollo porque le falta el comienzo. Ligados a tantas obligaciones, a pesar de no tener trabajos que sustenten los deberes. 

Qué época tan mala nos toca vivir, pero qué rica sabe acompañada de un café y charla. Aunque el sabor no es nada comparado con el sonido: risas familiares. Qué suaves parecen los golpes del día a día, cuando tienes compañeros con quienes recordar los buenos tiempos. 

Cómo olvidarse de las sonrisas y los mofletes sonrojados de una buena carcajada. El olor a viejos tiempos dejará de lado la peste causada por sufrimiento; de la que se respira en cada esquina en esta época. ¡Menuda época! Pero qué tranquila parece cuando tienes quien te acompaña de la mano.

viernes, 10 de enero de 2014

No revivir

- Tengo miedo a no revivir la experiencia. - se paró a pensar cómo matizar aquel comienzo del discurso - Recuerdo lo feliz que me sentí en aquella ocasión. Alcancé la completa dicha. Eso es lo que temo. Si esto ya ha sucedido, si ese sentimiento ya ha pasado, creo que no podré volver a tenerlo.

- ¿No crees que se pueda repetir? ¿Por qué? Lo veo una tontería. Como es evidente, no podrás sentir lo mismo con todas las personas, pero en algún momento se repetirá. No tenemos cupo de alegrías o penas. 

domingo, 5 de enero de 2014

La danza del desespero


Musitó con timidez unas líneas de la canción. Solo algunas, las que parecían no poder ser acalladas tras sus labios. Aunque nadie la acompañase, casi siempre hacía eso. Cantar en voz alta no era lo suyo. Bueno, realmente cantar no era lo suyo. Además el vagón había quedado vacío, por lo que había comenzado su intuitivo cantar, sin más preocupaciones. 

Se detuvo a pensar cuánto tiempo hacía desde su último escrito. Meditó sobre las última vez que escuchó música para silenciar el entorno. Se sorprendió al no recordar qué le alegraba cada mañana. En el último año solo se había centrado en el baile, la danza.  La danza del desespero, la que te asfixia en soledad. Aquel lento y frió juego de pies que te conduce a desbordar los diques de la cordura. Todo lo establecido se parte en pedazos y los falsos "Estoy bien" son la arena que tapa el ataúd en tu tumba. 

Comenzó a leer una hoja que parecía perdida, en el gran amasijo de cosas que había dentro de su bolso. La desarrugó con cuidado y comenzó a leer:

"Largo, vete fuera. Sal del círculo que te rodea. ¿Para qué decir nada más? ¿De que servirá? Gírate, sonríe como siempre y vete sin esperar. Si todos te hieren, todos te odian; no merecen explicaciones. 
Tu familia no lo entiende, solo eres una persona a la que exigir puntualidad, eficiencia y categoría, y tus 'amigos' muestras su apoyo con el ignoro. Por más atención que prestes a todos, a sus ojos, eres una molestia. ¿Preguntas por qué? Mírate, das asco. Te arrastras hasta el punto de que todos ellos acudan a ti para desahogar sus penas, mientras hacen oídos sordos a los tuyos. 
No vales nada para nadie: conviértete en una egoísta; si nadie te quiere cerca, si solo te utilizan, haz lo mismo. Se arrogante, avariciosa, que todo lo que hagas sea exclusivamente para ti. Si alguien puede salir beneficiado de alguna de tus acciones, no lo hagas, que se jodan. 
No, ahora no llores, no les des el lujo de saber en qué estado estás. ¿Qué, que por qué preguntan cómo te encuentras? Fácil: falso interés. Necesitan saciar su egolatría, magnificar su bondad. Calla y vete. Si no sigues esto ya sabes qué pasará: parecerás tan indefensa como un bebé y durante unos minutos no podrás procesar nada. Quedarás como el vegetal que eres."

Tragó saliva y miró a todas partes. Lentamente devolvió la forma de bola a la hoja. Al salir de la estación la tiró en medio de la calle. Hacía frío, no el suficiente para disminuir sus tormentos, pero si el suficiente para despejarse. Se acomodó bajo su abrigo y comenzó a caminar. Aún seguía sin creer que hubiese escrito aquello, que tan solo hubiese pensado así. 

- El verdadero miedo es el que se tiene a uno mismo. La incapacidad de control. 

jueves, 19 de diciembre de 2013

Luces



Enterró la cabeza en el hombro ajeno y aferró las uñas a la camiseta. Era un abrazo casi desesperado, de esos que incitan a las lágrimas por la magia de no tener que decir nada. Dejó resbalar las lágrimas mientras notaba cómo acariciaban su pelo. En nada el momento pasaría, en un instante retomaría la pose erguida y la falsa prepotencia. 

Se apartó con cuidado pero con la rapidez que acompaña a la vergüenza. Las lágrimas fueron enjugadas sin delicadeza y la sonrisa, que intentaba camuflar el momento, no fue más que una fina duda. Aunque la incertidumbre seguía nublando su vista, un pequeño beso en la frente atenuó levemente aquello que quemaba. 

Alzó la vista para apreciar una mirada llena de luz: preocupada, reflexiva y positiva. Azoraba aguantar la mirada un par de segundos, pero cada vez que intentaba echar la vista a un lado, una serie de palabras frenaban el acto. Frases breves, fuertes y rápidas que llevaban las pulsaciones al crescendo. Aun con las desconfianza de no conocerse a uno mismo, la esperanza porque las palabras fuesen ciertas incitaban a la sonrisa. 

Detalles fugaces, simples miradas y besos en la fría punta de la nariz. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Un banco

Un banco solitario ha visto más sonrisas, suspiros y llantos de los que tú has sido consciente.  
Un banco apartado, resguardado del bullicio cotidiano ha sostenido a los más desdichados y celebrado con los más dichosos.
Un banco enmohecido ha sido un lugar de reunión, al igual que el lugar de encuentro.
Un banco destruido es un recuerdo para muchos.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Se puede hacer sal de arroz?

"Claro que si, igual que se hace vino de arroz"
Lo dudaba bastante. A pesar de la desgracia que parecía sentir, se rió. Interiormente, pero lo hizo. Frunció el ceño y negó con la cabeza, como quien reniega de una estúpida batalla. Empezó a recapitular desde cuándo se había sentido tan mal. ¿Desde cuándo llevaba anhelando tal sarta de tonterías? Y a pesar de que quería más sonrisas, le daba miedo poder subir el ánimo. 



"Debió hacer caso a su primer impulso de no coger el tren, cuando los ojos comenzaban a escocer en la estación. Quizá tenía que haber escuchado el último: 'No, no te vayas ahora' que invadió su cabeza mientras ponía el pie en el escalón. Casi se sintió estúpida al arrancar el tren y pensar: '¿Qué estoy haciendo aquí?' Por fin, aunque un poco más tarde, se precipitó del tren en la siguiente parada para dar media vuelta. El encuentro de miradas solo supo a derrota.

Ya no sabía cuanto tiempo transcurría, solo que a cada segundo que recibía de su tiempo se tenía más y más hundida. Todo cuanto callaba, todo cuanto no era capaz ni de decirse a si misma salió a la luz. La escuchó, la llenó con palabras que quería que fuesen sinceras y la trataba con tal cariño que se podía decir que la atesoraba. Pero aunque las palabras y los afectos llegasen, cada vez negaba con más fuerza todo aquello. Cuanta más suavidad percibía, más estallaba por dentro.

Lo malo de dejarte querer por unos instantes es lo duro que parece todo. Cuando te acostumbras a las espinas todo parece normal y eres más indiferente. Sin embargo cuando has estado entre algodones, al volver a pisar las derruidas calles... que ausente parece todo. Estático, infranqueable y cruel; todo parece magnificarse. No podía con más abrazos, no quería ser querida. Era tan bueno que resultaba doloroso. Comenzó a hablar, como quien vomita palabras. Se sinceró, más consigo misma que con su interlocutor. Era un remolino de ideas ficticias que se había impuesto a si misma. Palabras más duras que cualquier análisis ajeno. Se sentía débil, muy cansada, como es normal en un momento de revelación tan crudo.

Como si nada, de pronto, llegó algo que le hizo gracia. Soltó una risita nerviosa y dijo que ya bastaba. Debía cambiar, avanzar, mejorar solo por aquellos que dejaba de lado, porque no había podido con todo lo que le ofrecían. Aunque siguió pensando en todo lo que la había atormentado, pudo descansar tranquila. Leyó de forma intermitente mientras miraba a la otra persona trabajar, comió para recuperar algo de las fuerzas perdidas y tuvo una función privada de sombras chinescas. Se durmió abrazada al calor de la felicidad y con las risas ajenas, en la memoria de sus oídos."

Cerró la libreta y miró por la ventana. ¿Cómo se había dejado llevar de aquel modo? ¿Cuánto rato llevaba escribiendo? Le dio igual. Al poco rato volvió a abrirla, tan solo para poner, a modo de culminación:
"Ojalá. Ojalá todos los miércoles supieran a zumo de piña y sobaos en la estación."

domingo, 27 de octubre de 2013

Soñar en una intermitente noche

[by forestgoddesscreations on Tumblr]

Guiada por la ilógica de los sueños, creyó encontrarse en el mismo espacio aún siendo en cada escena dos sitios dispares. Un campo de largas hierbas verdes era en su mente igual a una mansión de blancas y altas paredes. Durante los fugaces períodos del día, simplemente diferenciados por la presencia o ausencia del sol, se marcaba un territorio bucólico a la par que una eterna pesadilla. 

Recordaba paseos bajo un sol de verano, que calentaba la piel levemente. Las tonalidades de verdes en el entorno eran infinitas y el tacto de las hojas era suave bajo las palmas de las manos. Todo lo que la rodeaba era festividad: amigos, música de festejo y buen tiempo. Cuando las tonalidades del cielo descendían a los amarillos anaranjados del atardecer, la casa comenzaba a construirse. Las personas alegres que antes bailaban y reían tornaban sus rostros hacia la desdicha, la premura y el pavor. Algo acechaba.

Había comenzado la cuenta atrás contra la noche. En escasos minutos la grandiosa y sofisticada mansión estaba edificada. Dentro de esta había muebles lustrosos dignos de palacio, que terminaban amontonados contra las puertas. A pesar de que todos los que estaban a su alrededor estaban nerviosos y aterrorizados, no sentía nada de eso: era una mera observadora, a veces partícipe en esa realidad. A pesar del afán de tapar todas las puertas, aquellas extrañas personas dejaban los grandes ventanales sin protección a lo que les aterrorizase del exterior. Grave error. 

Ella dormía mientras todo sucedía. En el sueño, que dormitaba dentro del auténtico sueño, escuchaba las voces de auxilio y toda su reacción fue despertar esbozando una sonrisa. La ventana de su cuarto estaba intacta, al igual que la puerta. Salió de la estancia para dar a lo que sería un salón. Se amontonaban en cualquier punto personas desdichadas por la pérdida de un ser querido; sostenían pequeñas extremidades de lo que antes fueron sus allegados, algo a lo que llorar. Aunque aquello la impresionaba siguió recorriendo la casa hasta la salida.

Volvió a pasear entre la viva naturaleza del campo. En pocos minutos el resto de personas salía de la casa, se olvidaba de lo sucedido y volvía a danzar y canturrear. Una vez todos estuvieron fuera, la casa desapareció.

martes, 1 de octubre de 2013

El uno entre un millón

 仄经荫宫槐 
幽阴多绿苔
应门但迎扫 
畏有山僧来
El sendero está cubierto por las sombras de las sóforas
Húmedo y secreto por doquier el musgo verde
Alguien barre la entrada en señal de bienvenida
 Por si llega el monje de las montañas
 [宫槐陌] [Vereda de las sóforas]
Poemas del río Wang


Fue el famoso uno entre un millón, la ansiada mirada de soslayo y el fin de una mar agitado. 

Tendió su mano  con despreocupada gentileza y reconfortó el alma descarriada; mientras tanto, su otra mano sostenía un cigarrillo. Nunca le gustó que fumase, pero siempre se quedaba observando sin decir una sola palabra. Se perdieron por las excesivamente conocidas calles y encontraron la salida a casa con cada fin de conversación. 
Comidas, paseos, charlas y risas intentaban ser el resumen que abarcase el marco de su historia. No era la más importante del mundo, no era conflictiva, ni diseñada para Disney o producciones románticas de Hollywood. No eran ni el príncipe ni la princesa, tampoco el letrado y la joven bella. Dio la casualidad de que eran dos humanos que se cruzaron un día, en el juego de la vida. Tuvo lugar una irracional buena amistad. Surgió una pequeña sonrisa de medio lado en cada encuentro, al cabo de los años.
La tensión del arco. La preparación minuciosa, el contemplar cada detalle y recapacitar en largos debates si era lo que quería hacer. El nerviosismo, la dedicación de años para conocer al enemigo. Era la flecha recién lanzada en la dirección correcta y deseada.

sábado, 21 de septiembre de 2013

"一万"

/yī wàn/ 

Todo se silenció entre sus brazos. El lejano, pero abochornante, vociferio junto con los ruidos propios de la calle se mezclaron para decidir apagarse. A pesar de seguir escuchando las repelentes voces, el cansino traqueteo de lo vehículos, los descordinados centenares de pasos y diez mil detalles más, pudo sentir cómo la expresión "hacer oídos sordos" podía realizarse de forma inconsciente. Rezagada se acurrucó sin tapujos, con una tripa por almohada y unos brazos que la arropaban.

Cerró los ojos. No buscaba el sueño perdido a las ocho de la mañana, por el estrépito del despertador; reorganizó su mente para encontrar los diez mil buenos gestos que había recibido. Abrió la boca con extrema lentitud y pensó por cada segundo un "Pero cuánto te he extrañado". Diez mil veces se lo repitió aunque ni una sola logró despegar la frase de sus desconchados labios.

martes, 17 de septiembre de 2013

Fénix que se quemaba antes de tiempo

Alzará el mentón y será su resurgir.

El proyecto más ambicioso para su destrozada satisfacción, el relato más enrevesado y la heroicidad más egoísta. Los tres pequeños individuos que alberga, dejarán de debatir y contraargumentar para fusionarse en un único y completo ser; todos los puntos buenos brillarán con un tono rojizo y solaparán los fallos de cada uno. Una sardónica sonrisa, un delicado beso en la frente y unas uñas protectoras por aquellos que merezca la pena gruñir, en ese ser se transformará.

Solo se conseguirá ascender de nuevo como un completo y enérgico fénix, si este sucumbe anteriormente hasta quedar carbonizado por su propio desgaste. El destrozo en uno mismo se causa por el corrosivo con el que decidas pintar las paredes que son tu piel; cada uno elige si aplicar deslizante de problemas antes de entrar en casa. Logró su retorno al comprender porque había resbalado desde un decimoquinto piso. Obtuvo la victoria al pensar en lo grande que fue... y lo imponente que se convertirá. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Inesperadamente feliz


El ambiente que los rodeaba se había compuesto, durante larga media hora, de tensión, nerviosismo y palabras insonoras en el paladar, incapaces de salir si no era a causa de un diluvio de lágrimas. Miradas desviadas, que procuran zafarse, de los preocupados ojos ajenos; caricias inseguras, transportadoras de sensaciones. Riñas causadas por la dualidad objetiva-subjetiva de una mente intranquila por sus propios tormento. Recompensas procuradas por una persona entregada a dar consuelo, a través de palabras sinceras; unos ojos atentos a cualquier movimiento hasta lograr su objetivo. Aminorar la pena hasta sacar una estúpida sonrisa de medio lado. 

Cambio del guión, torciendo la trama al muestrario de las mayores inseguridades. Dedos entrelazados, vínculo de comprensión por la infravaloración de las cualidades de cada uno. Reorganizarse antes de retomar una frase, donde las letras quedaban enroscadas sobre si mismas y no dejaban lugar a la expresión. Apoyo, sonrisas entusiastas que otorgas con delicadeza y frases simples, pero concisas de alabanza. No poder ver que lo que el otro expresa para tu persona, es lo que hay más allá del muro de negatividad engordada que has creado para ti mismo. 

- No tengo futuro - dijo enfatizando con su típico movimiento de mano; demasiada determinación y dureza para ser un acto tan simple.
- ¿Ni siquiera conmigo? - preguntó para intentar relajar los ánimos y por la necesidad de decir en tres palabras todo lo que sentía sin caer en un simple "te quiero".

Perplejidad y una ligera furia a causa del tema que posteriormente estaba tratando. Todo ello antes de una de sus sonrisas más bonitas: las tímidas, las causadas por lo inesperadamente feliz. Seguía cargando el peso de la decepción con uno mismo, pero aquello pareció reavivar la chispa que confeccionaba ligeras arrugas en sus ojos. Ambos individuos volvieron a despedirse como siempre, cada uno tras un lado del cristal y dedicándose las últimas miradas antes de abandonar el andén. Beber con cada segundo que siguen uno frente a otro. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Soy un chiste malo


Dejó la libreta a un lado. Entre los párrafos había dibujos, apuntes de repentinas ideas y garabatos sin más intención que distraer la mente embotada. Aplastó el tercer cigarro contra el suelo y dedicó un leve movimiento de cabeza a quien se sentó a su lado.

Comenzó a hablarle y, como siempre, omitió sus palabras. Se apoyó contra el escalón que había tras su espalda y miró al fondo. Ofreció su libreta al acompañante, sin mediar palabra. Aún los músculos dolían al menor movimiento; todavía se resquebrajaba con tan solo respirar. Los párpados pesaban, la llovizna comenzaba y la temperatura había bajado, pero estaba fuera.

Cualquier hecho que aconteciera en el exterior era otro minuto de vida aprovechado. La falsa idea de seguridad que se destilaba de frases como "El confort, calidez o tranquilidad del hogar" no tenían validez para ella. Las paredes cálidas que te refugian del mal tiempo te colapsan en aire viciado, el techo que se mece sobre tu cabeza se mueve demasiado y los muebles que sustentan cada detalle que refleja tu paso en la vida se convierte en uno de los tantos extras de una película que no quieres ver.

Dejó de notar caer las gotas contra su frente y movió la cabeza: el recién llegado había traído un paraguas y la estaba cobijando. Respondió desplazándose más lejos para volver a mojarse. Entrecerró los ojos y se puso a silbar. Estimó que pasaron diez minutos en los que él estuvo leyendo lo que pensaba, lo único a lo que no le pusieron pegas en aquel lugar: escribir. Notó que iban a comenzar la inevitable charla, por lo que encendió el cuarto cigarrillo en una hora. Se giró para cambiar de postura, y de paso observarle un poco mejor.

- Tienes una curiosa forma de expresarte, Sally, aunque aún noto demasiada negatividad. No lo plantees así, puedes subir el ánimo - quiso interrumpir a su interlocutor, pero siguió como si nada - La vida puede ser lo más hermoso del mundo. Todo es voluntad: tu estado de ánimo, tus decisiones, tu forma de vivir...
- Morir también lo es, ¿no? - intervino tan seca como siempre. Alzó la ceja izquierda - No me digas como cojones debo ser, eso solo lo marco yo... después de todo, "todo es voluntad" - finiquitó sonriendo burlona de medio lado. Insultaba con sonrisas y halagaba con fruncidos de ceño.
- ¿Y cómo eres? - dijo con intriga para dejarla pie a expresarse, para ver cómo contradecirla y subir su inexistente ánimo.
- Soy un chiste malo - articuló antes de mordisquear el cigarro en busca de una calada relajante - Una broma barata, que compró la vida, para echarse unas risas bien de madrugada. Un dulce retoño que resultó ser... - tomó otra calada y dejó una pausa mientras expulsaba el humo con pasividad - una mujer demasiado fuerte y difícil de tratar si no tienes a mano un buen antiácido. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Dame un besote y luego un achuchón

Uno de los muchos "este es el último beso" en la estación. El tren que pasa frenando es el reloj que marca el fin del encuentro, cuando las manecillas llegan a las diez y cuarto. Un tik-tak interno que acelera cada movimiento y que parece doler con cada paso que los aleja. La sonrisa alegre que anime la despedida y los tantos "¿Y si me cojo el siguiente tren?"

Caminar con inseguridad hacia una puerta que se abre vomitando gente. Girarse a la desesperada buscando la mirada cómplice que alivie el pesar de marchar. Encontrarse con una momentánea duda y una broma de lo más inocente y encantadora. 

- ¿Te puedo secuestrar otro día?
- Todos los que quieras, pero pide cita con veinticuatro horas de antelación, por favor.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Ninguna clase de esfuerzo

- ¿Sabes por qué ha sido un momento bonito?
- No.
- ¿Tampoco sabes por qué quedará en el recuerdo con más fuerza que nuestras primeras citas?
- No, ni idea.
- Porque no pretendíamos que fuese especial, porque resultó así sin ninguna clase de esfuerzo. Simplemente, porque nos bastaba con estar ahí.

Un beso en la terraza

Miró por última vez hacia su izquierda, para encontrar esos brillantes ojos y que estos confeccionasen una última sonrisa de medio lado. Subió por las escaleras mecánicas solo para concederse tiempo en buscar los cascos y poner banda sonora a los minutos de paseo. Una vez la música comenzó a circular logró abstraerse de las sucias calles y las miradas despectivas del mundo que habitaba. La sonrisa no se apagaba en su rostro e incluso se daba el lujo de vocalizar la letra de la canción, aunque sin emitir sonido alguno. Se sentía dichosa, se sentía efusiva, se sentía ella misma.

Llegar a casa, dando saltos a modo de baile, sin importar que su madre estuviese diciendo algo. Rió, gesticuló pidiendo un segundo para frenar la música y volvió a poner los pies en el suelo; a pesar de que siempre estuvieron ahí. La noche cayó con todo su peso aunque no hizo precipitar la comisura de sus labios. Huyó con paso ligero, correteando con sus menudos piececitos descalzos hasta la realidad paralela de su cuarto.

Se sentó y se dejó caer contra el respaldo. De pronto algo llamó su atención. Pestañeó varias veces, examinó la estancia, buscando qué la inquietaba y se acurrucó al percatarse de que era. Escondió la naricilla con inocencia y olisqueó la camiseta. Su fragancia, su pequeño rastro a tabaco, su aroma aún la acompañaba. Era una presencia de cuerpo ausente, era un recuerdo vago, una asociación proustiana. Se parecía a las hojas en otoño: pasaban desapercibidas en el entorno, pero al mirar detenidamente embriagaban el paisaje.

Era un recuerdo vago que trabajaba más que cualquier vivencia estudiada al detalle. Evocó tantos recuerdos en un segundo que no sabía si estaba rememorando o en un fugaz sueño. Se dijo que no le importaba, pues precisamente esa era la gracia de aprovechar su tiempo con él. La sutileza que atraen en mayor medida son la confusión, la improvisación y las confesiones inesperadas.

lunes, 26 de agosto de 2013

El hombre de la silla invisible

[Chessboard by Shouvik Saha on Flickr]



Bajo un frondoso castaño del parque había una pequeña mesa de ajedrez y dos sillas que la acompañaban. Era habitual ver siempre pequeñas batallas sobre el tablero, ya fuese entre dos amigos, parientes o rivales desconocidos. Los usuarios más frecuentes que se encontraban bajo el gran castaño eran varios ancianos. 

Un día, mientras paseaba para relajar los nervios del trabajo, me detuve a observar una partida. Las piezas se devoraban con calculada estrategia y los rivales se perdían tras sus tácticas. Llegué a poco de finalizar el juego, por lo que enseguida ambos contrincantes se levantaron y se dispusieron a marchar. Estuve a punto de irme, pero la nueva pareja tenía un competidor extraño: un anciano entrado en canas que parecía no dejar nunca de sonreír.

El juego fue sorprendente por su brevedad, no pretendía observarlo al completo, sin embargo acabó casi en cuatro minutos. El sonriente anciano fue el ganador, había hecho pocas jugadas pero todo perfecto y estudiado; aparte de que el otro contrincante parecía distraído y no muy atento al juego. Hasta que no se levantaron ambos para estrechar la mano, no me fijé en el extraño detalle: el hombre que sonreía no había utilizado silla, aunque había estado dispuesto como si estuviese cómodamente sentado.

Intrigado, corrí hacia él cuando ya se marchaba con las manos en los bolsillos. Este me escuchó con amabilidad cuando le expliqué lo que había admirado de sus jugadas y el hecho de que quería saber cómo había conseguido estar en esa pose sin soporte. Creo que excedí el tiempo hablando sobre las dudas en este último tema. Debí de sonar demasiado exaltado.

- Uso una silla invisible, muchacho - dijo tras una jocosa risa.
- Venga, hombre, ¿Cómo lo ha hecho?
- No te lo diré - dijo dispuesto a darse la vuelta sin parar de reír, sin embargo se detuvo y me dijo - Tengo una idea. Mañana jugaremos una partida, sobre esta hora, a ver si ganas. Entonces sabrás el secreto de la silla invisible.
- Aquí estaré. 

Pasé esa tarde y parte de la noche practicando las mejores jugadas del complicado ejercicio de mesa. Amaneció, desperté tan emocionado como un niño pequeño el día de Navidad y marché al parque. El hombre surgió en el horizonte acompañado de su característica sonrisa, a la misma hora que ayer. Me saludó, se sentó y dispuso las piezas sobre el campo de batalla. Como la mañana anterior, él renegó de la silla que había enfrente a la mía, para sentarse sobre la suya imaginaria. 

Estaba francamente tenso, me mordía el interior del carrillo y disfrutaba cada vez que pulsaba el temporizador para dar paso al curioso anciano, solo para quitarme tiempo reflexionando qué decisión tomar. Me sorprendió el tiempo que llevábamos de partida. Quizá el otro hombre con el que compitió ayer era demasiado sencillo, o tal vez yo era mejor de lo que esperaba. El tiempo pasaba y cada vez se me hacía más corto el tiempo entre mis turnos. 

Observaba el tablero como si este fuese una bomba a punto de detonar. Las figuras que aún quedaban en pie eran pocas, pero las casillas cada vez resultaban más eternas y peligrosas. El anciano me intrigaba: no dejaba de sonreír, pero sus ojos estaban demasiado atentos a la jugada. En ocasiones juraría que parecía expresar tener problemas en la jugada, lo cual me hacía sonreír. Lograría alcanzar el objetivo que me había motivado tras tantos días de monotonía: ganar la partida y saber el secreto. Era un tanto infantil, pero era lo único que me preocupaba en aquel instante.

A pesar del agotamiento mental tras media hora de intensa partida, lo conseguí. Vencí en la dura contienda. Ayudé al hombre a guardar las piezas que quedaban y ahora mi sonrisa, y el brillo en mis ojos, eclipsaba la alegría del hombre. O eso creía. Me observaba apoyado sobre la mesa, parecía alegre. "Tendrá buen perder" me repetí varias veces. Nos incorporamos y él cogió la caja con sus piezas de ajedrez antes de ponerla bajo su brazo. No decía nada, solo sonreía, incluso con más fuerza que antes.

- Bueno, he ganado - dije atropellado por mi ansia de curiosidad.
- La partida si, muchacho - dijo él antes de empezar a reír.
- ¿Qué quiere decir con ese apunte?
- Has ganado la partida, lo cual me alegra: hacía mucho tiempo que no me entretenía tanto... pero no te diré el secreto, ya que no hay nada que pueda decir - se dio media vuelta, dispuesto a marcharse y dejarme con la duda.
- ¿A qué se refiere? Dijo que si ganaba me contaría el secreto.
- Dije que si a ver si ganabas - se detuvo y me puso una mano sobre el hombro - Te he dado el privilegio de jugar conmigo. He estado media hora sentado frente a ti, si me hubieras observado lo suficiente lo habrías descubierto; te has concentrado tanto que lo que te ha llevado a ganar, te ha llevado a perder.