lunes, 28 de julio de 2014

Eterno bamboleo


Comenzó la sensación de estar a punto de desfallecer, como al deslizarte por el mar. Ir de un lado a otro, pero manteniéndose siempre estático. La lejanía ya no importa, da igual, pues el tiempo ya no continúa. Nada logra proseguir, pues siempre se está en la misma situación. La misma sensación que estar encerrado en una habitación, incapaz de salir por más alaridos que la garganta confiera o las patadas que reciba la puerta. Era un eterno dejavú.

Detenerse a mirar por la ventana, para empezar el juego de convertirse en dios. Inventar historias sobre los transeúntes que pasan tras su cristal. Su cristal, pues es su momento. Todos caminan, corren, pasan con sus bicicletas y ríen a su alrededor. Ahogados entre el gozo y las risas, los actores desaparecen y el dios omnipotente degusta su poder. La creación de situaciones que, muy posiblemente, ninguno de ellos ha experimentado.

Una mano humana se deslizó por la mesa y a poco estuvo de derramar su copa. Observa la copa y, en ese segundo, se aleja de todas las fantasías de su cabeza. Termina alejándose, una vez más, de su yo más sano: el inexistente. Vuelve a aquel bar abarrotado de mesas corridas, cervezas y exclamaciones. Olvida todo lo recién creado e idealizado, abrumado de los repentinos sonidos de la sala. Vuelve a ser un mero ser humano. Pierde todas sus capacidades como deidad, para terminar embarcando en un mundo mediocre. Un mundo donde nada vale, pues nada significa.

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