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jueves, 9 de enero de 2014

Se le acercó de pronto un monje taoísta que andaba cojeando como un loco, con sandalias de cuerda y vestido de harapos.

"Los hombres anhelan la inmortalidad,
pero nunca olvidan los lujos y el rango;
¿Dónde andan ahora los grandes de antaño?
Las hierbas silvestres recubren sus tumbas.

Los hombres anhelan la inmortalidad,
pero nunca olvidan la plata y el oro;
se pasan la vida amasando dinero
para que la muerte les selle los ojos.

Los hombres anhelan la inmortalidad
pero nunca olvidan las bellas esposas,
que juran amor eterno a sus maridos
y se vuelven a casar en cuanto mueren.

Los hombres anhelan la inmortalidad,
pero traen hijos al mundo sin cesar;
padres cariñosos veréis a montones,
¿quién ha visto que un hijo ame a su padre?"


Cao Xueqin
Sueño en el Pabellón Rojo
Vol. I, pp. 52

martes, 1 de octubre de 2013

El uno entre un millón

 仄经荫宫槐 
幽阴多绿苔
应门但迎扫 
畏有山僧来
El sendero está cubierto por las sombras de las sóforas
Húmedo y secreto por doquier el musgo verde
Alguien barre la entrada en señal de bienvenida
 Por si llega el monje de las montañas
 [宫槐陌] [Vereda de las sóforas]
Poemas del río Wang


Fue el famoso uno entre un millón, la ansiada mirada de soslayo y el fin de una mar agitado. 

Tendió su mano  con despreocupada gentileza y reconfortó el alma descarriada; mientras tanto, su otra mano sostenía un cigarrillo. Nunca le gustó que fumase, pero siempre se quedaba observando sin decir una sola palabra. Se perdieron por las excesivamente conocidas calles y encontraron la salida a casa con cada fin de conversación. 
Comidas, paseos, charlas y risas intentaban ser el resumen que abarcase el marco de su historia. No era la más importante del mundo, no era conflictiva, ni diseñada para Disney o producciones románticas de Hollywood. No eran ni el príncipe ni la princesa, tampoco el letrado y la joven bella. Dio la casualidad de que eran dos humanos que se cruzaron un día, en el juego de la vida. Tuvo lugar una irracional buena amistad. Surgió una pequeña sonrisa de medio lado en cada encuentro, al cabo de los años.
La tensión del arco. La preparación minuciosa, el contemplar cada detalle y recapacitar en largos debates si era lo que quería hacer. El nerviosismo, la dedicación de años para conocer al enemigo. Era la flecha recién lanzada en la dirección correcta y deseada.