Encerrada en una casa, principios del siglo XX, sé que me hallo en un sueño; me inmiscuyo en este, necesitada de algo de acción. Todo a mi alrededor parece adquirir un matiz más suave, con una luz más diáfana. Solo con la aceptación de estar en un mundo onírico, voy profundizando en esta ficticia realidad, hasta vivirla.
Nevaba, por lo cual el ambiente del exterior era de tonos blancos y grisáceos. Por la arquitectura del edificio de enfrente, y las gruesas prendas de los transeúntes, me encontraba en algún lugar del norte, Rusia quizá. Espero respuesta mientras miro con cautela por la ventana; dos de mis finos dedos desplazan levemente la cortina. Me impaciento, observo la calle y vuelvo a tapar el resquicio de cristal que había descubierto. Esta era la segunda vez que llamaba, con un aparatoso teléfono clásico de mesa, y al igual que en la primera, nadie respondió. No tenía tiempo, me separé unos pasos del teléfono y di la espalda a la puerta. Mesé mis cabellos y arreglé mis faldones, cuando dos individuos hicieron su aparición en la sala: una mujer muy estirada y un hombre corpulento, levemente ebrio. Bajé la mirada, me disculpé y volví al que debía ser mi cuarto.
Me hundí en un colchón pasado por los años y observé el sórdido ambiente. A pesar de seguir el estilo de colores beiges y verdes de la sala que dejé atrás, esta habitación era un descuido. El papel de las paredes se caía a trozos, los escasos muebles se resquebrajaban con el frío y la humedad, las camas estaban viejas y oxidadas y el suelo, de madera, estaba comido por las termitas. Lo único adecuado, incluso lujoso, del lugar eran los vestidos, los trajes, los accesorios y el maquillaje. Todo aquello que mejorase la apariencia física era lo único de nosotros que preocupaba a nuestros "padres"; todo aquello que hiciera deslumbrar a los seis niños y adolescentes que malvivían entre esas agónicas paredes. Una visión deprimente de la sociedad, un prostíbulo caro, donde no solo se alquilaban sexualmente personas a cambio del más retorcido placer monetario, sino que se las vendía. Aunque en este caso eran renombrados como "adopciones", una venta eran lo que intentaban esconder.
Observé a mis compañeros de cuarto y desdichas, que cada vez eran menos. Era la más mayor que allí permanecía. Masqué la idea de cómo durante años el señor Gólubev y su esposa habían mantenido aquel negocio del burdo sexo, con la excusa de que acogían a sus parientes más jóvenes. Decían tener una gran familia, esparcida por el globo, y que cada año permitían a uno de sus sobrinos venir a impartir una educación en su casa. Estos sobrinitos quedaban tan maravillados con la zona que, gracias a las influencias de sus tíos, eran tiernamente adoptados por algún ricachón calenturiento. Hasta la policía sabía de esa falacia, pero estos eran los mejores clientes de la casa. No importaba la edad, ni el sexo, aquello era pasado por alto, incluso estaba bien visto tal horror. Suspiré, debía faltar poco para que fuese reubicada en casa de algún viejo adinerado que quisiese una joven en casa, para paliar el aburrimiento de un matrimonio demasiado largo.
Me dormí dentro del propio sueño, y en este rememoré varios momentos fugaces. Mi mano, enfundada en un guante, se apoyaba sobre el hombro de un joven de buen porte; justo cuando se iba a girar, el recuerdo solo alcanzó a recordar su sonrisa. Un enorme paquete que llegó a casa a mi nombre, abrí la gran caja y saqué un precioso vestido de noche color esmeralda. El inmediato intercambio de cartas. El desafortunado incidente de no lograr encontrarse en el sitio acordado, por escasos minutos. Abrí los ojos y miré a quien yacía conmigo: Sveta, tan pequeña y delgada como yo a su corta edad. Sus largos cabellos negros se esparcían por la pequeña cama. Se había tendido a mi lado para encontrar calor con mi cercanía, bajo una débil manta. Aún no sé cómo no moríamos con aquel frío ¿de verdad querían vendernos o matarnos con aquel trato?. Me abracé a su pequeño cuerpo, besé su cabeza y deseé que nada pasase en unas horas.
Gritos, tirones de pelo, y otro día sin comer. No nos pegaban ya que no querían dejar marcas, no está bien estropear la mercancía, supongo. A pesar de todo, ninguno de nosotros lloraba o emitía una queja: eramos el resultado de años de opresión. Los más pequeños se quejaban cuando los "padres" no estaban, escondidos bajo mis faldas, atemorizados ante el mañana. Les dejaba hacer durante unos minutos, para después ordenarles disponer la casa para los invitados. Por supuesto además de carne de escaparate éramos los esclavos de aquella pareja de negocios; cuando se ausentaban adecentábamos todas las salas para ellos y sus clientes. Una vez que aquello terminaba y estábamos acicalados, les reunía en la sala de estar y les daba esperanzas. No les hablaba de ningún ser poderoso que fuese a ayudarnos, solo les recordaba que tuvieran la idea de que, en esta situación, cualquier cosa puede ir a mejor. Solía contarles una historia breve, de darles una tacita de chocolate y de dejarles pensar en sus auténticos padres. Éramos niños robados, niños perdidos o huérfanos. Era por esto por lo que comenzaron a llamarme Esmeralda, el color de la esperanza.
~ Dos meses más tarde ~
Solo quedábamos la pequeña Sveta y yo en aquella deshumanizada casa. Resultaba que el sistema de ventas... perdón, de adopciones, era el sistema de jubilación de la pareja de cincuentones. Las ventas siempre fueron un gran negocio, porque suponían un grandísimo coste, pero les gustaba más alquilar a los chicos y chicas lo máximo para sacar mayor rentabilidad. Pero eso estaba llegando a su fin, se habían hartado del negocio y la fortuna que habían amasado les daría para vivir de lujo hasta su muerte. Estaba harta. Cogí a la niña de diez años y la puse un vestido negro, pues en aquella casa los "trabajadores" llevábamos siempre ropas muy vistosas, calzé y peiné. Me preparé con tranquilidad, sin importarme que en cualquier momento alguno de esos bárbaros entrase en el cuarto. Me enfundé en el vestido que me habían regalado, pero por encima me cubrí con mi abrigo más oscuro, de tonos marrones, recogí mi pelo, cogí mi bolso y tomé la mano de la pequeña. Estaba nerviosa, al igual que yo.
Hacía una hora, cuando solo estábamos nosotras en la casa, encerradas bajo llave (pues nadie sale de su "local" sin cerrar antes para evitar robos), volví a llamar por teléfono, totalmente desesperada. Sabía que corría el riesgo de que me viesen, pero debí hacerlo. Me recorrían lágrimas por las mejillas y casi me quedé sin aliento cuando descolgaron la línea al otro lado. La voz masculina que respondió era demasiado fuerte y dictatorial, incluso estiré mi espalda ante la sorpresa, ¿habría confundido el número? Luego caí en la cuenta:
- ¿Señor Kuznetsov? - respondieron con más seriedad pero menos brutalidad - Querría hablar con su hijo...
Me alegré por el carácter tan agresivo de mi interlocutor, pues estaba tan descontento en seguir la conversación que ni me preguntó nada. Ni quién era, ni qué quería de su hijo... nada. El tiempo pasaba, pero pensaba seguir pegada a ese teléfono, aunque me lo tuviesen que arrancar a golpes. Al fin respondió a quien quería oír.
- De acuerdo, no tengo tiempo, necesito de su ayuda... No, no voy a tutearle. Por favor, venga en una hora a la plaza... si donde nos quisimos encontrar.
Y ahora ahí estábamos Sveta y yo, esperando en la puerta principal de la casa. No pensábamos decir una palabra, no llevábamos ni maletas: en esa casa no había nada que quisiésemos llevarnos. Solo estábamos atentas a escuchar cómo la llave abriría los engranajes de lo que nos separaba del exterior. Apreté su mano cuando escuché pasos cerca. El corazón se me iba a saltar, presentía que iba a haber muchos problemas. No me equivocaba. Fueron lentos, tardaron en procesar qué sucedía, por lo que aproveché para empujar a la niña en un hueco que encontré. La ordené correr todo lo que pudiese. Lo difícil era escapar de la ira que acababa de aparecer en el rostro del señor Gólubev. Noté su mano aferrarse a mi cuello con demasiada presión. Pataleé y me moví cuanto pude, pero no me lo quité de encima hasta que le metí los dedos en los ojos. Lo que no esperaba era que su esposa tuviese una pistola en el abrigo.
~ · ~
- ¿Es usted el señorito Kuznetsov? - dijo la pequeña Sveta al acercarse al hombre que figuraba mejor en el perfil que le había descrito Esmeralda.
- Así es - respondió sonriendo, pero mirando ansiosamente a todas partes - ¿Quién eres?
- Con esa sonrisa estoy segura que eres el señorito Kuznetsov - aunque estaba alegre, no sonrió, era un rostro infantil cargado de pena - Me llamo Sveta... Esmeralda me dio esto para usted - y tras esto le tendió una carta.
Él la tomó con incertidumbre, incluso con algo de ansiedad. El último encuentro que quiso tener con la muchacha quedó destrozado por un contratiempo. Desde lejos tuvo que ver cómo alguien la obligaba a entrar en un coche a la fuerza. Investigó quién fue y dónde la llevaron. Su desilusión fue enorme al comprobar que se trataba de la Mansión Gólubev.
"No voy a pediros que os encarguéis de la pequeña Sveta, solo procure que encuentre un buen lugar donde la cuiden como la niña que es. Nunca pude agradeceros el detalle del vestido.
No creo que llegue a volver a ver vuestra sonrisa, sino no recibiríais esta carta. ¿Sabe qué? Eso es lo que más me apena, no poder volver a ver esa sonrisa y las arrugas que esta confecciona en sus ojos."


