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lunes, 3 de junio de 2013

Era un punto de esperanza [Macabro amor #03]

Encerrada en una casa, principios del siglo XX, sé que me hallo en un sueño; me inmiscuyo en este, necesitada de algo de acción. Todo a mi alrededor parece adquirir un matiz más suave, con una luz más diáfana. Solo con la aceptación de estar en un mundo onírico, voy profundizando en esta ficticia realidad, hasta vivirla.


Nevaba, por lo cual el ambiente del exterior era de tonos blancos y grisáceos. Por la arquitectura del edificio de enfrente, y las gruesas prendas de los transeúntes, me encontraba en algún lugar del norte, Rusia quizá. Espero respuesta mientras miro con cautela por la ventana; dos de mis finos dedos desplazan levemente la cortina. Me impaciento, observo la calle y vuelvo a tapar el resquicio de cristal que había descubierto. Esta era la segunda vez que llamaba, con un aparatoso teléfono clásico de mesa, y al igual que en la primera, nadie respondió. No tenía tiempo, me separé unos pasos del teléfono y di la espalda a la puerta. Mesé mis cabellos y arreglé mis faldones, cuando dos individuos hicieron su aparición en la sala: una mujer muy estirada y un hombre corpulento, levemente ebrio. Bajé la mirada, me disculpé y volví al que debía ser mi cuarto. 

Me hundí en un colchón pasado por los años y observé el sórdido ambiente. A pesar de seguir el estilo de colores beiges y verdes de la sala que dejé atrás, esta habitación era un descuido. El papel de las paredes se caía a trozos, los escasos muebles se resquebrajaban con el frío y la humedad, las camas estaban viejas y oxidadas y el suelo, de madera, estaba comido por las termitas. Lo único adecuado, incluso lujoso, del lugar eran los vestidos, los trajes, los accesorios y el maquillaje. Todo aquello que mejorase la apariencia física era lo único de nosotros que preocupaba a nuestros "padres"; todo aquello que hiciera deslumbrar a los seis niños y adolescentes que malvivían entre esas agónicas paredes. Una visión deprimente de la sociedad, un prostíbulo caro, donde no solo se alquilaban sexualmente personas a cambio del más retorcido placer monetario, sino que se las vendía. Aunque en este caso eran renombrados como "adopciones", una venta eran lo que intentaban esconder.

Observé a mis compañeros de cuarto y desdichas, que cada vez eran menos. Era la más mayor que allí permanecía. Masqué la idea de cómo durante años el señor Gólubev y su esposa habían mantenido aquel negocio del burdo sexo, con la excusa de que acogían a sus parientes más jóvenes. Decían tener una gran familia, esparcida por el globo, y que cada año permitían a uno de sus sobrinos venir a impartir una educación en su casa. Estos sobrinitos quedaban tan maravillados con la zona que, gracias a las influencias de sus tíos, eran tiernamente adoptados por algún ricachón calenturiento. Hasta la policía sabía de esa falacia, pero estos eran los mejores clientes de la casa. No importaba la edad, ni el sexo, aquello era pasado por alto, incluso estaba bien visto tal horror. Suspiré, debía faltar poco para que fuese reubicada en casa de algún viejo adinerado que quisiese una joven en casa, para paliar el aburrimiento de un matrimonio demasiado largo.

Me dormí dentro del propio sueño, y en este rememoré varios momentos fugaces. Mi mano, enfundada en un guante, se apoyaba sobre el hombro de un joven de buen porte; justo cuando se iba a girar, el recuerdo solo alcanzó a recordar su sonrisa. Un enorme paquete que llegó a casa a mi nombre, abrí la gran caja y saqué un precioso vestido de noche color esmeralda. El inmediato intercambio de cartas. El desafortunado incidente de no lograr encontrarse en el sitio acordado, por escasos minutos. Abrí los ojos y miré a quien yacía conmigo: Sveta, tan pequeña y delgada como yo a su corta edad. Sus largos cabellos negros se esparcían por la pequeña cama. Se había tendido a mi lado para encontrar calor con mi cercanía, bajo una débil manta. Aún no sé cómo no moríamos con aquel frío ¿de verdad querían vendernos o matarnos con aquel trato?. Me abracé a su pequeño cuerpo, besé su cabeza y deseé que nada pasase en unas horas.

Gritos, tirones de pelo, y otro día sin comer. No nos pegaban ya que no querían dejar marcas, no está bien estropear la mercancía, supongo. A pesar de todo, ninguno de nosotros lloraba o emitía una queja: eramos el resultado de años de opresión. Los más pequeños se quejaban cuando los "padres" no estaban, escondidos bajo mis faldas, atemorizados ante el mañana. Les dejaba hacer durante unos minutos, para después ordenarles disponer la casa para los invitados. Por supuesto además de carne de escaparate éramos los esclavos de aquella pareja de negocios; cuando se ausentaban adecentábamos todas las salas para ellos y sus clientes. Una vez que aquello terminaba y estábamos acicalados, les reunía en la sala de estar y les daba esperanzas. No les hablaba de ningún ser poderoso que fuese a ayudarnos, solo les recordaba que tuvieran la idea de que, en esta situación, cualquier cosa puede ir a mejor. Solía contarles una historia breve, de darles una tacita de chocolate y de dejarles pensar en sus auténticos padres. Éramos niños robados, niños perdidos o huérfanos. Era por esto por lo que comenzaron a llamarme Esmeralda, el color de la esperanza.



~ Dos meses más tarde ~


Solo quedábamos la pequeña Sveta y yo en aquella deshumanizada casa. Resultaba que el sistema de ventas... perdón, de adopciones, era el sistema de jubilación de la pareja de cincuentones. Las ventas siempre fueron un gran negocio, porque suponían un grandísimo coste, pero les gustaba más alquilar a los chicos y chicas lo máximo para sacar mayor rentabilidad. Pero eso estaba llegando a su fin, se habían hartado del negocio y la fortuna que habían amasado les daría para vivir de lujo hasta su muerte. Estaba harta. Cogí a la niña de diez años y la puse un vestido negro, pues en aquella casa los "trabajadores" llevábamos siempre ropas muy vistosas, calzé y peiné. Me preparé con tranquilidad, sin importarme que en cualquier momento alguno de esos bárbaros entrase en el cuarto. Me enfundé en el vestido que me habían regalado, pero por encima me cubrí con mi abrigo más oscuro, de tonos marrones, recogí mi pelo, cogí mi bolso y tomé la mano de la pequeña. Estaba nerviosa, al igual que yo.

Hacía una hora, cuando solo estábamos nosotras en la casa, encerradas bajo llave (pues nadie sale de su "local" sin cerrar antes para evitar robos), volví a llamar por teléfono, totalmente desesperada. Sabía que corría el riesgo de que me viesen, pero debí hacerlo. Me recorrían lágrimas por las mejillas y casi me quedé sin aliento cuando descolgaron la línea al otro lado. La voz masculina que respondió era demasiado fuerte y dictatorial, incluso estiré mi espalda ante la sorpresa, ¿habría confundido el número? Luego caí en la cuenta:

- ¿Señor Kuznetsov? - respondieron con más seriedad pero menos brutalidad - Querría hablar con su hijo...

Me alegré por el carácter tan agresivo de mi interlocutor, pues estaba tan descontento en seguir la conversación que ni me preguntó nada. Ni quién era, ni qué quería de su hijo... nada. El tiempo pasaba, pero pensaba seguir pegada a ese teléfono, aunque me lo tuviesen que arrancar a golpes. Al fin respondió a quien quería oír.

- De acuerdo, no tengo tiempo, necesito de su ayuda... No, no voy a tutearle. Por favor, venga en una hora a la plaza... si donde nos quisimos encontrar.

Y ahora ahí estábamos Sveta y yo, esperando en la puerta principal de la casa. No pensábamos decir una palabra, no llevábamos ni maletas: en esa casa no había nada que quisiésemos llevarnos. Solo estábamos atentas a escuchar cómo la llave abriría los engranajes de lo que nos separaba del exterior. Apreté su mano cuando escuché pasos cerca. El corazón se me iba a saltar, presentía que iba a haber muchos problemas. No me equivocaba. Fueron lentos, tardaron en procesar qué sucedía, por lo que aproveché para empujar a la niña en un hueco que encontré. La ordené correr todo lo que pudiese. Lo difícil era escapar de la ira que acababa de aparecer en el rostro del señor Gólubev. Noté su mano aferrarse a mi cuello con demasiada presión. Pataleé y me moví cuanto pude, pero no me lo quité de encima hasta que le metí los dedos en los ojos. Lo que no esperaba era que su esposa tuviese una pistola en el abrigo.


~ · ~

- ¿Es usted el señorito Kuznetsov? - dijo la pequeña Sveta al acercarse al hombre que figuraba mejor en el perfil que le había descrito Esmeralda.
- Así es - respondió sonriendo, pero mirando ansiosamente a todas partes - ¿Quién eres?
- Con esa sonrisa estoy segura que eres el señorito Kuznetsov - aunque estaba alegre, no sonrió, era un rostro infantil cargado de pena - Me llamo Sveta... Esmeralda me dio esto para usted - y tras esto le tendió una carta.

Él la tomó con incertidumbre, incluso con algo de ansiedad. El último encuentro que quiso tener con la muchacha quedó destrozado por un contratiempo. Desde lejos tuvo que ver cómo alguien la obligaba a entrar en un coche a la fuerza. Investigó quién fue y dónde la llevaron. Su desilusión fue enorme al comprobar que se trataba de la Mansión Gólubev.

"No voy a pediros que os encarguéis de la pequeña Sveta, solo procure que encuentre un buen lugar donde la cuiden como la niña que es. Nunca pude agradeceros el detalle del vestido.
No creo que llegue a volver a ver vuestra sonrisa, sino no recibiríais esta carta. ¿Sabe qué? Eso es lo que más me apena, no poder volver a ver esa sonrisa y las arrugas que esta confecciona en sus ojos."

martes, 8 de enero de 2013

Historia de una fotografía [Macabro amor#02]

Tonos naranjas, marrones, rojizos y amarillentos, en definitivas: cálidos.

 Atardecía y el sol mostraba su máxima belleza a aquella hora. Se percibía una ligera brisa veraniega y se escuchaban olas en la lejanía. En medio de un campo yacía una chica, sobre las piernas de un muchacho. Cruzaban sus miradas. Hablaban con una inusual tranquilidad. Solo se oían murmullos, las olas y el viento.

  El tiempo pasaba y cada vez aquellos tonos del crepúsculo comenzaban a desvanecerse. Duraban muy poco, pero sus últimos instantes eran los más vivaces. Destacan la silueta de la masiva vegetación. Resaltan los brillos de la mar. Otorgan de un tono acogedor a la pareja, aún sentada. No se han movido desde hace varias horas.

  Ella sonríe, con su larga cabellera algo enredada alrededor de su relajado cuerpo, mientras observa al joven y a un objeto: una cámara. Él la mira, con una nota de desespero oculta tras el fondo de sus ojos. La chica toma una foto al horizonte y, al instante, ve el resultado en la pantalla. Sació su mente con lo que veía: los colores, el movimiento de los pájaros y los contrastes de luz. Rió levemente y torció el gesto un segundo.

- Esto es absurdo - dijo él, algo serio - para ya de hacer fotografías, vayamos a...
- Solo algunas más, no queda mucho para perder esta luz - dijo casi como una niña pequeña

  No pudo decir nada, ni siquiera sabía si debía mover las piernas, entumecidas de pasar un rato así, con ella apoyada en ellas. Justo en ese momento le miró, con sus pequeños e intranquilos ojos y, con el dedo índice, dio un golpe sobre la nariz de él. Se incorporó levemente y torció el tronco para mirarle. Por un instante el chico apreció un cambio en el risueño semblante de ella: dolor y algo de miedo. La atrajo hacia si con cuidado.

  Ambos titubearon sobre qué hacer. Él hundió su cabeza en el hombro de ella. Ella temblaba entre los brazos de él. Cada vez la luz se apagaba. Solo quedaba una leve llamarada de la luz que fue. Estaba llegando a su fin la vida del día. Llegaba la muerte con la noche. Tras unos segundos, fue la chica quien decidió separarse, con otra sonrisa en el rostro.

- Quiero fotografiarte ¿Puedo?
- Es la última - dijo él conteniendo la emoción

  La sonrisa se amplió en los carnosos labios de la muchacha. Agarró con decisión la cámara y llevó el visor a su ojo. Perfeccionó la nitidez, obtuvo el ángulo exacto y la luz precisa. El modelo posó, mostrando al objetivo el rostro más triste del mundo. Los ojos vidriosos de las lágrimas contenidas y una fina línea por boca. Sonó el disparo de la cámara, segundos antes de perderse plenamente la luz diurna.

  Y al igual que la luz se fue, la vida de ella también. Cayó lentamente, como si se tumbase, sin dejar de sonreír. La cámara captó el último segundo de vida de una persona, a través de otra. Él se lanzó a sus brazos. Desde hacía meses sabía que la iba a perder. Enfermedades degenerativas. No le consolaba saber que murió haciendo lo que le gustaba. No le consoló ver una sonrisa en el rostro de la amada. No le consolaba estar vivo.

 Todo quemaba. Todo molestaba. Todo entristecía.

viernes, 19 de octubre de 2012

Su última pintoresca acción

Llovía. Apagué el cigarrillo, tirándolo al suelo y pisándolo con el pie, antes de entrar en el marmóreo portal. La puerta se cerró a mis espaldas con un fuerte estruendo, mientras comenzaba a subir las escaleras. Titubeé un segundo para saber cuál era mi camino, pero al ver a mi compañero, le seguí. Llegamos a la puerta deseada, tocamos el timbre, nos abrieron con rapidez y pasamos.

Todos estaban reunidos en el salón, pero no me uní a ellos, preferí ir a la habitación. Observé el cuarto desde el umbral de la puerta. Paredes naranjas, mobiliario de roble, infinidad de libros, muñecos y peluches. Tosí de pronto "Joder, debería dejar el tabaco". Avancé unos pasos y toqué lo primero que tenía a mano: una concha de mar. Era un cuarto muy variopinto, sin dudas, era una mezcla entre infantil, pero con elementos que implicaban una madurez desconcertante.

Resoplé. Se podía oír la lluvia con el silencio de la noche. Me agaché sin más preámbulos y observé el cadáver. Pasé mis ojos de un punto a otro de las principales heridas, de las cuales había emanado toda la sangre que había en el suelo. Pero no estaba para nada perturbado, había visto cosas como esas a menudo en mi trabajo. A pesar de ello, había algo que me desconcertaba...

El cadáver sonreía.

sábado, 4 de febrero de 2012

...está lloviendo [Macabro amor#01]

Jueves:
Los zapatos repiqueteaban contra el duro mármol que pisaban, al mismo ritmo que las llaves tintineaban sin cesar en la suave y delicada mano de la joven. Entró con prisa en la casa y cerró de un portazo, yendo sin dudar hacia el salón. Nada mas entrar miró hacia la mesilla del teléfono y cogió el aparato, dando a rellamada, como llevaba haciendo casi un mes. Esperó, esperó… y enseguida comenzó a hablar.

- Dan, soy yo, Anastasia – dijo aún con la respiración entre cortada, dejó una breve pausa y sonrió hacia la nada – Nada, lo de siempre: aburrido, monótono… solo destacar un par de problemillas que me ha dado un cliente, por lo demás todo bien – volvió a quedar en silencio mientras se desabrochaba y quitaba las altas botas de tacón que llevaba – Bueno… creo que voy a comer, tengo prisa… - se mordió el labio inferior y miró por la ventana, moteada con gotas de agua, por la lluvia - …está lloviendo, me recuerda mucho a ti ¿te lo he dicho? Claro que te lo he dicho… miles de millones de veces. En fin, cuelgo… te quiero.

Volvió a sus otras cotidianas acciones: comer, descansar en el sofá, ver la televisión, salir a correr… Y todo, lo hizo con la más preciosa sonrisa jamás alcanzada por ningún ser humano. Así era ella.
Al salir de la ducha, ni siquiera quiso ponerse una toalla; hacía buen día y la casa se había mantenido caliente. Se acercó al espejo del cuarto de baño y en una leve esquina garabateó con el dedo tres letras: D A N. Sonrió al empañado espejo por el vapor antes de, lejos de sus débiles letras, deslizar la mano y poder ver su rostro y parte de su cuerpo.
Se miró a detalle: los ondulados cabellos castaños, pegados al cuerpo y a la faz, estaban más oscuros que nunca por el efecto del agua… y adoraba ver el contraste que esto hacía con sus ojos color turquesa. Pasó el dedo índice por sus labios y bajó lentamente por el cuello, la clavícula, el pecho, hasta pararse en el vientre. Giró la cabeza a modo de negación antes de mirarse a los ojos. Lo que menos importaba era el físico. Sonrió al espejo con dulzura, antes de seguir preparándose para ir a dormir.
Ya tumbada en la cama, sin ver absolutamente nada más que la inexplorada oscuridad, se removió entre las sábanas y cerró los ojos. Quedó dormida en muy poco tiempo, y en esa larga noche, como en otras muchas, soñó con él. Sus sueños eran simples imágenes, una detrás de otra, sobre su tan ansiado amante: Danniel.
El escenario era un pálido día nevado… y hacía gran contraste con el muchacho. Los cortos cabellos color azabache, se movían entre los dedos de la joven, y los penetrantes ojos marrones no cesaban de deleitarse al mirarla. De pronto, él se ponía en pie y comenzaba a caminar hacia ninguna parte.
Su silueta se iba haciendo más y más difusa, aunque de vez en cuando se giraba y decía:
- Sígueme…


Viernes:
Como otro día más, la jornada laboral pasó como una exhalación, aunque de una forma agotante. Pero eso no podía terminar con la inexplicable vivacidad de Anastasia. Otra vez, igual que todos los días, entró lo más rápido posible en su vivienda para acaparar el teléfono y llamar a la única persona con la que más deseaba hablar. Una breve espera, antes de comenzar a hablar:

- Hola, Dan – dijo algo decaída yendo hacia la puerta de la terraza y sentándose en el suelo – Si… estoy bien, lo que pasa es que estoy cansada, y pensé vendrías a buscarme del trabajo, como todos los viernes… - miró por la ventana mientras jugueteaba con un mechón de su pelo - ¿Por qué no estabas ahí? – se mordió el labio conteniendo las lágrimas – Bueno… - tomó aire – tus razones tendrías, no soy nadie para cuestionarlo, perdona… - esperó y soltó una pequeña risa – Sigue lloviendo, tendrías que ver qué pelo tan espantoso tengo… - se rió - …ya, ya sé que para ti siempre estoy preciosa – se incorporó – Perdona, pero tengo que colgar, tengo que salir en un rato. Te quiero.

Colgó y se quedó unos segundos mirando por la ventana, tomando aire con tranquilidad y logrando devolver la típica dulce sonrisa a su rostro. Hoy estaba especialmente decaída, pero no iba a permitir que aquello la dejase caer.
Prosiguió sus acciones del día a día: comió, descansó un poco y se preparó para ir a hacer la compra de la semana. Tardó más de la cuenta, porque se entretuvo mirando ropa, no recordaba la última vez que había ido de compras.
Cuando llegó a casa el sol se estaba poniendo, por lo que no se fijó realmente en la persona que estaba esperando en la puerta de su casa. Cuando se acercó a abrir, dicha persona la sonrió y extendió los brazos para abrazarla: su hermana gemela, Catalina.
- An, cuánto tiempo… trae que te ayude – dijo sujetando un par de bolsas para que la joven pudiese abrir la puerta sin problemas.

Una vez dentro, con todas las bolsas en la cocina, las dos hermanas se reunieron en la gran mesa del salón, tomando cada una, una cálida taza de café. Catalina comenzó a contar algunas anécdotas que la habían sucedido en las semanas que no se habían visto.
- …y bueno, eso pasó hace tiempo, pero como no te veía desde hace tiempo… - cogió la mano de Anastasia, la cual la devolvió una sonrisa cargada de duda.
- ¡Qué cabeza tienes! Si nos vimos el lunes pasado – soltó una risita.
Su hermana se quedó totalmente seria y suspiró, como ya había hecho muchas tantas veces.
- De acuerdo – dijo Catalina - ¿Y qué me cuentas?
- Nada fuera de lo normal… lo único… hoy Dan no fue a buscarme al trabajo, como todos los viernes…
- An, cariño… ¿Qué has dicho?
- Pues eso, que Dan no me ha venido a buscar…
- Eh, cielo – la hermana teñida de rubio platino se levantó para tomar a su gemela por los hombros – bueno… no es nada…
- Bueno, si no te importa, creo que le voy a llamar ahora mismo – dijo sonriéndola y tomando de nuevo el teléfono.

Catalina la observó con tristeza desde la mesa, pensando que el problema de su hermana nunca tendría solución. Dan había muerto hace ya un año, y nada había mejorado para Anastasia, no lograba asimilarlo. Su mente vivía y recordaba lo que quería, como el encuentro con su hermana, a la cual hacía casi tres meses que no veía, y ella pensaba constantemente que se veían cada lunes… Lo más grave era que las llamadas a su querido Dan, no eran sino monólogos que repetía continuamente a una línea ahora incapacitada: hablaba con un pitido constante y en su propia mente recibía las respuestas de boca de su amado.

Y yo digo mis queridos lectores ¿es mejor vivir con el recuerdo de ese apasionado amor o intentar seguir adelanteLaura M.R.