Llovía. Apagué el cigarrillo, tirándolo al suelo y pisándolo con el pie, antes de entrar en el marmóreo portal. La puerta se cerró a mis espaldas con un fuerte estruendo, mientras comenzaba a subir las escaleras. Titubeé un segundo para saber cuál era mi camino, pero al ver a mi compañero, le seguí. Llegamos a la puerta deseada, tocamos el timbre, nos abrieron con rapidez y pasamos.
Todos estaban reunidos en el salón, pero no me uní a ellos, preferí ir a la habitación. Observé el cuarto desde el umbral de la puerta. Paredes naranjas, mobiliario de roble, infinidad de libros, muñecos y peluches. Tosí de pronto "Joder, debería dejar el tabaco". Avancé unos pasos y toqué lo primero que tenía a mano: una concha de mar. Era un cuarto muy variopinto, sin dudas, era una mezcla entre infantil, pero con elementos que implicaban una madurez desconcertante.
Resoplé. Se podía oír la lluvia con el silencio de la noche. Me agaché sin más preámbulos y observé el cadáver. Pasé mis ojos de un punto a otro de las principales heridas, de las cuales había emanado toda la sangre que había en el suelo. Pero no estaba para nada perturbado, había visto cosas como esas a menudo en mi trabajo. A pesar de ello, había algo que me desconcertaba...
El cadáver sonreía.
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