Jueves:
Los zapatos repiqueteaban contra el duro mármol que pisaban, al mismo ritmo que las llaves tintineaban sin cesar en la suave y delicada mano de la joven. Entró con prisa en la casa y cerró de un portazo, yendo sin dudar hacia el salón. Nada mas entrar miró hacia la mesilla del teléfono y cogió el aparato, dando a rellamada, como llevaba haciendo casi un mes. Esperó, esperó… y enseguida comenzó a hablar.- Dan, soy yo, Anastasia – dijo aún con la respiración entre cortada, dejó una breve pausa y sonrió hacia la nada – Nada, lo de siempre: aburrido, monótono… solo destacar un par de problemillas que me ha dado un cliente, por lo demás todo bien – volvió a quedar en silencio mientras se desabrochaba y quitaba las altas botas de tacón que llevaba – Bueno… creo que voy a comer, tengo prisa… - se mordió el labio inferior y miró por la ventana, moteada con gotas de agua, por la lluvia - …está lloviendo, me recuerda mucho a ti ¿te lo he dicho? Claro que te lo he dicho… miles de millones de veces. En fin, cuelgo… te quiero.
Volvió a sus otras cotidianas acciones: comer, descansar en el sofá, ver la televisión, salir a correr… Y todo, lo hizo con la más preciosa sonrisa jamás alcanzada por ningún ser humano. Así era ella.
Al salir de la ducha, ni siquiera quiso ponerse una toalla; hacía buen día y la casa se había mantenido caliente. Se acercó al espejo del cuarto de baño y en una leve esquina garabateó con el dedo tres letras: D A N. Sonrió al empañado espejo por el vapor antes de, lejos de sus débiles letras, deslizar la mano y poder ver su rostro y parte de su cuerpo.
Se miró a detalle: los ondulados cabellos castaños, pegados al cuerpo y a la faz, estaban más oscuros que nunca por el efecto del agua… y adoraba ver el contraste que esto hacía con sus ojos color turquesa. Pasó el dedo índice por sus labios y bajó lentamente por el cuello, la clavícula, el pecho, hasta pararse en el vientre. Giró la cabeza a modo de negación antes de mirarse a los ojos. Lo que menos importaba era el físico. Sonrió al espejo con dulzura, antes de seguir preparándose para ir a dormir.
Ya tumbada en la cama, sin ver absolutamente nada más que la inexplorada oscuridad, se removió entre las sábanas y cerró los ojos. Quedó dormida en muy poco tiempo, y en esa larga noche, como en otras muchas, soñó con él. Sus sueños eran simples imágenes, una detrás de otra, sobre su tan ansiado amante: Danniel.
El escenario era un pálido día nevado… y hacía gran contraste con el muchacho. Los cortos cabellos color azabache, se movían entre los dedos de la joven, y los penetrantes ojos marrones no cesaban de deleitarse al mirarla. De pronto, él se ponía en pie y comenzaba a caminar hacia ninguna parte.
Su silueta se iba haciendo más y más difusa, aunque de vez en cuando se giraba y decía:
- Sígueme…
Viernes:
Como otro día más, la jornada laboral pasó como una exhalación, aunque de una forma agotante. Pero eso no podía terminar con la inexplicable vivacidad de Anastasia. Otra vez, igual que todos los días, entró lo más rápido posible en su vivienda para acaparar el teléfono y llamar a la única persona con la que más deseaba hablar. Una breve espera, antes de comenzar a hablar:- Hola, Dan – dijo algo decaída yendo hacia la puerta de la terraza y sentándose en el suelo – Si… estoy bien, lo que pasa es que estoy cansada, y pensé vendrías a buscarme del trabajo, como todos los viernes… - miró por la ventana mientras jugueteaba con un mechón de su pelo - ¿Por qué no estabas ahí? – se mordió el labio conteniendo las lágrimas – Bueno… - tomó aire – tus razones tendrías, no soy nadie para cuestionarlo, perdona… - esperó y soltó una pequeña risa – Sigue lloviendo, tendrías que ver qué pelo tan espantoso tengo… - se rió - …ya, ya sé que para ti siempre estoy preciosa – se incorporó – Perdona, pero tengo que colgar, tengo que salir en un rato. Te quiero.
Colgó y se quedó unos segundos mirando por la ventana, tomando aire con tranquilidad y logrando devolver la típica dulce sonrisa a su rostro. Hoy estaba especialmente decaída, pero no iba a permitir que aquello la dejase caer.
Prosiguió sus acciones del día a día: comió, descansó un poco y se preparó para ir a hacer la compra de la semana. Tardó más de la cuenta, porque se entretuvo mirando ropa, no recordaba la última vez que había ido de compras.
Cuando llegó a casa el sol se estaba poniendo, por lo que no se fijó realmente en la persona que estaba esperando en la puerta de su casa. Cuando se acercó a abrir, dicha persona la sonrió y extendió los brazos para abrazarla: su hermana gemela, Catalina.
- An, cuánto tiempo… trae que te ayude – dijo sujetando un par de bolsas para que la joven pudiese abrir la puerta sin problemas.
Una vez dentro, con todas las bolsas en la cocina, las dos hermanas se reunieron en la gran mesa del salón, tomando cada una, una cálida taza de café. Catalina comenzó a contar algunas anécdotas que la habían sucedido en las semanas que no se habían visto.
- …y bueno, eso pasó hace tiempo, pero como no te veía desde hace tiempo… - cogió la mano de Anastasia, la cual la devolvió una sonrisa cargada de duda.
- ¡Qué cabeza tienes! Si nos vimos el lunes pasado – soltó una risita.
Su hermana se quedó totalmente seria y suspiró, como ya había hecho muchas tantas veces.
- De acuerdo – dijo Catalina - ¿Y qué me cuentas?
- Nada fuera de lo normal… lo único… hoy Dan no fue a buscarme al trabajo, como todos los viernes…
- An, cariño… ¿Qué has dicho?
- Pues eso, que Dan no me ha venido a buscar…
- Eh, cielo – la hermana teñida de rubio platino se levantó para tomar a su gemela por los hombros – bueno… no es nada…
- Bueno, si no te importa, creo que le voy a llamar ahora mismo – dijo sonriéndola y tomando de nuevo el teléfono.
Catalina la observó con tristeza desde la mesa, pensando que el problema de su hermana nunca tendría solución. Dan había muerto hace ya un año, y nada había mejorado para Anastasia, no lograba asimilarlo. Su mente vivía y recordaba lo que quería, como el encuentro con su hermana, a la cual hacía casi tres meses que no veía, y ella pensaba constantemente que se veían cada lunes… Lo más grave era que las llamadas a su querido Dan, no eran sino monólogos que repetía continuamente a una línea ahora incapacitada: hablaba con un pitido constante y en su propia mente recibía las respuestas de boca de su amado.

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