Miró por última vez hacia su izquierda, para encontrar esos brillantes ojos y que estos confeccionasen una última sonrisa de medio lado. Subió por las escaleras mecánicas solo para concederse tiempo en buscar los cascos y poner banda sonora a los minutos de paseo. Una vez la música comenzó a circular logró abstraerse de las sucias calles y las miradas despectivas del mundo que habitaba. La sonrisa no se apagaba en su rostro e incluso se daba el lujo de vocalizar la letra de la canción, aunque sin emitir sonido alguno. Se sentía dichosa, se sentía efusiva, se sentía ella misma.
Llegar a casa, dando saltos a modo de baile, sin importar que su madre estuviese diciendo algo. Rió, gesticuló pidiendo un segundo para frenar la música y volvió a poner los pies en el suelo; a pesar de que siempre estuvieron ahí. La noche cayó con todo su peso aunque no hizo precipitar la comisura de sus labios. Huyó con paso ligero, correteando con sus menudos piececitos descalzos hasta la realidad paralela de su cuarto.
Se sentó y se dejó caer contra el respaldo. De pronto algo llamó su atención. Pestañeó varias veces, examinó la estancia, buscando qué la inquietaba y se acurrucó al percatarse de que era. Escondió la naricilla con inocencia y olisqueó la camiseta. Su fragancia, su pequeño rastro a tabaco, su aroma aún la acompañaba. Era una presencia de cuerpo ausente, era un recuerdo vago, una asociación proustiana. Se parecía a las hojas en otoño: pasaban desapercibidas en el entorno, pero al mirar detenidamente embriagaban el paisaje.
Era un recuerdo vago que trabajaba más que cualquier vivencia estudiada al detalle. Evocó tantos recuerdos en un segundo que no sabía si estaba rememorando o en un fugaz sueño. Se dijo que no le importaba, pues precisamente esa era la gracia de aprovechar su tiempo con él. La sutileza que atraen en mayor medida son la confusión, la improvisación y las confesiones inesperadas.
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