Había dicho poco, pero lo necesario; reflexionó sobre ello durante un instante. Siempre hay que valorar los detalles: al hablar, al escribir o incluso al mirar. Lo propicio es la moderada perfección de cada acto, siendo ésta una acción muy pequeña, mejor cuanto más pequeña. Era como prender un broche en la camisa, para dar un aire de distinción a través de algo tan pequeño que te cabe en la palma de la mano.
Con esa pequeña percepción abrió la puerta. Era tan pesada que solía agarrarla siempre con fuerza, pero aquella vez parecía excesivamente delicada. Pasó por entre las jambas de la puerta y observó todo embobada, como si todo fuese nuevo, precisamente por la cotidianidad que le evocaba. Echó la mano a su espalda, evitando que la puerta cerrase estrepitosamente. Agarró el pomo y guió la gran tabla de madera hasta su posición natural. Sólo una vez estuvo completamente cerrado aquel lugar, oculto tras ladrillos anaranjados y una gran puerta de madera clara, se permitió mirar hacia atrás.
Soltó el dorado pomo en lo que le pareció una acción ralentizada. Todo pasó como debía: el tiempo ni se detuvo ni se aceleró, pero la situación estaba cargada de ficticio estatismo. Igual que cuando cierras un libro tras leer la palabra previa al punto final. No había disfrutado tanto de un instante en mucho tiempo. Lo saboreó precisamente por o soso del momento, por la importancia que tenía aún en un marco tan cotidiano, por la grandeza de su simplicidad.
Fue un segundo tan cargado de un todo contradictorio y lleno de sentimientos, pero no dudó avanzar el pie izquierdo y proseguir su camino con una sonrisa. "Qué curioso" pensó para sí, realmente sorprendida "Siempre comienzo a caminar con el pie izquierdo. Quién diría que es una mala expresión". Caminó cuando quería correr, sonrió en lugar de gritar y disfrutó mirando al despejado cielo, en vez de observar el entorno en exceso común.
Era el cierre de tema de un libro demasiado tiempo escrito hasta la mitad. De esos que dejas de lado con promesas como "ya queda poco para acabar, mañana continuaré". Promesas que el propio escritor escupe como falacias. Pero olvidaba siempre coger pluma y continuar, guiado por esas mentiras. Pero por fin llegó a este triste, a la par que aliviador, punto final: algo grande que termina, pero que deja un sabor dulce tras saber cómo acabó.
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