Enterró la cabeza en el hombro ajeno y aferró las uñas a la camiseta. Era un abrazo casi desesperado, de esos que incitan a las lágrimas por la magia de no tener que decir nada. Dejó resbalar las lágrimas mientras notaba cómo acariciaban su pelo. En nada el momento pasaría, en un instante retomaría la pose erguida y la falsa prepotencia.
Se apartó con cuidado pero con la rapidez que acompaña a la vergüenza. Las lágrimas fueron enjugadas sin delicadeza y la sonrisa, que intentaba camuflar el momento, no fue más que una fina duda. Aunque la incertidumbre seguía nublando su vista, un pequeño beso en la frente atenuó levemente aquello que quemaba.
Alzó la vista para apreciar una mirada llena de luz: preocupada, reflexiva y positiva. Azoraba aguantar la mirada un par de segundos, pero cada vez que intentaba echar la vista a un lado, una serie de palabras frenaban el acto. Frases breves, fuertes y rápidas que llevaban las pulsaciones al crescendo. Aun con las desconfianza de no conocerse a uno mismo, la esperanza porque las palabras fuesen ciertas incitaban a la sonrisa.
Detalles fugaces, simples miradas y besos en la fría punta de la nariz.
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