jueves, 11 de octubre de 2012

Insaciables


Solía sentarse en la primera fila 

Siempre miraba a toda la clase, y juro que intentaba evitar su mirada con todas mis fuerzas, pero era un imposible. Y es que, aquellos ojos, eran demasiado. Cuando cruzábamos una cifra de segundo el recorrido que proyectaban nuestros ojos, ya podía apreciar toda su esencia.

Eran oscuros y pequeños... y se escondían tras unas largas pestañas negras. Quizá era eso lo que le confería un aspecto tan amenazante. O quizá ese fugaz brillo, que aparecía cuando se le pasaba una devastadora idea por la cabeza. A lo mejor no me escuchaba y la pasión de sus ojos estaba marcada por el erotismo de una mente adolescente. Llegué a pensar que era una faceta creada para ocultar sus pequeños momentos de inexplicable timidez.
No sabéis cuánto adoraba cuando pestañeaba, y desviaba momentáneamente su atención a otra parte. Daba la sensación de que el tiempo se paraba. Incluso me sentía aliviado, pues muchas veces sentía que con cada segundo que me observaba con sus vivarachos ojillos, sentía una presión de angustia y de excitación.
Creo que dichas emociones son lo que me hacen recordar tan bien aquella parte fundamental de su cuerpo, y aún así tengo la sensación de conocer a la perfección a esa muchacha. Vivaz, tímida, agresiva a la vez que sensible, directa y, ante todo, insaciable.

Han pasado muchos años, y solo recuerdo sus ojos... ah, y que solía sentarse en la primera fila.

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