La noche y la nieve.
Odiaba ambas, las miraba con desprecio y si fuera posible, escupiría en su cara. La sensación de soledad, de desconsuelo, casi de inexistencia, no es lo relevante. El problema es todo lo que conlleva; son los momentos que hacen que tu mente se cubra de niebla. Dejas de escuchar lo que te rodea para degustar tus pensamientos, la vista queda tapada por una fina gasa y los labios se despegan sin tu voluntad.
La noche había sido la creadora de imágenes que forzaban a una sonrisa tiernamente macabra. La nieve era culpable de ser la representación de la noche, pero por el día. Cubrían todo a su paso en colores totalmente opuestos, pero la malicia era la misma. Eran hermanas lejanas, te dedicaban la misma mirada de lobo hambriento; huelen tu sangre y el miedo. Todo cae con el plomizo peso de las plumas, sin previo aviso, en un segundo.
Los hombros se curvan hacia abajo, la paciencia se agrieta, las pestañas notan el peso del líquido amargo de la autocompasión. Pero la noche y la nieve no atienden a llantos, pasan de largo, barriendo el marmol con sus caros vestidos de inmensa cola. Cediste a sonreír cuando pasaban, accediste a no mirar a sus ojos, llegaste a realizar todo con rapidez, para evitar sermones.
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