miércoles, 3 de abril de 2013
Ocho
Creyó que ya estaba a salvo, en el alivio que proporciona descansar de un fatídico día. Sabía que no iba a recordar lo que soñase, como ultimamente pasaba, y esa idea era aún más reconfortante. Pensó que dejaría de lado los problemas en cuanto su cabeza descansase sobre plumas. Ese fue el error. El día pudo ser fatídico, pero la quietud de la noche agudiza el ingenio.
No podía evitar dar vueltas, recostándose de un lado, del otro, boca arriba, boca abajo... no lograba dormir. Miró al oscuro techo, levemente iluminado por la poca luz que entraba en las ínfimas rendijas de la persiana. Se recortaban leves figuras, que si forzaba la imaginación, cambiaban de forma; antes daban miedo, después era indiferente a ellas y hoy solo intentan distraer a esa persona de los malos pensamientos. Pero solo lograban entretenerle durante unos segundos.
Cerró los párpados sin darse cuenta y sonrió a la oscuridad por lograr entrar en la casa de Morfeo. Pero de pronto, esa fina capa de piel tomó el papel de una nítida imagen del pasado. Después de esta la siguió otra y otra... así continuamente: un golpe, un labios que decían una frase muda, una mentira, una botella de cristal, una casa sin habitantes. Eran saltos temporales, puntos concretos de no más de tres segundos. Pensó que sería un sueño, hasta que las cálidas lágrimas florecieron. Su cuerpo se movió a causa de varios escalofríos. Abrió los ojos y se incorporó para tomar aire. El cuerpo ardía al tacto, pero por dentro estaba totalmente frío; las manos y el labio inferior temblaban.
Había hecho algo mal durante todo el período denominado vida, lo difícil era saber qué fue lo que no hizo correctamente. Se levantó de la cama y paseó por el cuarto. La desesperación se podía arañar, con las mismas uñas que se rasgaba la piel de los brazos para parar de pensar. Todo daba vueltas, mientras era consciente de que estaba totalmente paralizado, se agarró a lo que tenía más a mano antes de desmayarse. Sus últimos pensamientos fueron ser consciente de que nadie sabría de su problema, todos sonreían, parecían mostrar interés, pero eran apariencias no sentimientos. Lo que no pensó al caer fue que había varias personas que si sentían su situación con frustración, pero no aparentaban, no lo necesitaban.
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