martes, 2 de julio de 2013

S #270.613

Permanecen recuerdos de los sitios visitados. Ya puede ser la estancia en una habitación por un año, trabajar en un pequeño negocio o ver un atardecer desde un punto concreto de la calle. Estos pueden almacenarse en pequeños fragmentos de la memoria, en frases incompletas o en repentinas fotografías... Pero perduran. Vivir la vida es ser consciente de lo que has hecho y harás; sino simplemente es dejarla pasar.

Marcamos la senda de lo que será nuestra vida con cada ínfima decisión que tomamos. Estudiar o trabajar, enseñar o aprender, tocar un instrumento o saber bailar, crear u observar. Conocer gente, descubrir sitios nuevos, mudarse al extranjero, atender a nuevas lenguas, ver a los niños jugar y jugar como ellos; incluso con más pasión. Reír, llorar, salir con los amigos, enfadarse, no volver a casa en una jocosa noche sin freno, enamorarse, desenamorarse.

Encontrar la ruta de tus proyectos, ambiciones y sueños; perderla en una mala racha y recuperarla al tiempo. Somos pequeñas personas en un inmenso bosque, acampando cuando llega la noche y retomando el camino en la claridad del día. Cada persona es un mundo lleno de posibilidades y aspiraciones, irrefrenables antes los obstáculos si de verdad se ansía llegar a la meta. Cada persona es una canción o incluso cientas, un momento, chistes malos, una serie de ideales, un conjunto de viajes, un cúmulo de experiencias... Cada persona es un laberinto: complejo y extenso, que no puede ser clasificado por lo que ves antes de entrar, peligroso a la par que atrayente descubrir sus intrincados pasadizos.

No se debe decir adiós, ni hasta siempre, solo un cálido: sigue el completísimo laberinto que eres. Si fuera posible amplía tus frondosos dominios de experiencia; un conocimiento muy difícil de alcanzar. Allá donde vayas "Bon voyage", dramatiza en momentos de jolgorio y sonríe a la adversidad.


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