lunes, 15 de septiembre de 2014

La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.

La costumbre se hizo dueña de cada mañana. Las pisadas, de fuerzas ya agotadas, guiaban al nuevo día. La música pasaba de oreja a oreja, sin dejar rastro alguno en su ser. Se escondió bajo su desdicha y comenzó a llorar sin razón alguna.

Implacable lloró ríos de cordura, cada vez más amargos, por cada paso que daba. Se distanció, forzando el tiempo que haría de su persona un ser que fue importante en otros momentos de la vida. Lloró, otra vez y con más fuerza, al recordar los buenos acontecimientos pasados. Todo hecho feliz era tan fugaz, tan puntual y hermoso, que por ello había temido su pérdida. Realmente seguía temiendo, pero sin saber el qué, pues ya nada quedaba.

La sentencia cada vez era más clara e implacable. Cualquier resquicio de salvación era una risa burlona en su cara y una bofetada a su antiguo henchido orgullo. Los últimos meses habían sido un conjunto de entremeses. Pequeñas falsedades, situaciones ficticias, donde el amor y la amistad prevalecían sobre cualquier mal. Diminutas obras maestras de la risa y la esperanza. Esos primeros platos, para la comida de la vida, no eran más que un edulcorante para intentar alejar la mente del beso de la muerte. Algo imposible de detener o evitar. Ahora ya han terminado y da paso el gran acto: la tragedia.

Extinto hasta el último resquicio de alegría, asustada hasta la más diminuta de las sonrisas, llegó una frase célebre a su recuerdo: "La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan." Se preguntó cómo no iba a ser una tragedia sentir la pérdida de un ser querido, el enfriamiento de una amistad o el fin imparable de una relación. Con cada personaje de la obra que observaba, encontraba miles de cualidades de las que no disponía. Todas ellas buenas, todas ellas nobles; mientras todas las suyas eran desesperantes e inservibles.

Deseó el fin de la actuación, pero esta no llegaba y no tenía fuerzas para levantarse del asiento y salir del teatro. Aguantó largo tiempo ahí, atendiendo a cada matiz de los personajes, a lo cruel que resultaba la vida en aquella puesta en escena y lo real que parecía.

viernes, 8 de agosto de 2014

Dieciséis de Marzo


Entre un cúmulo de papeles, ahí estaban las escasas palabras. Había miles, para ser sinceros, pero ahí se encontraban las que andaba buscando. Tras el tiempo vagando entre habitaciones negras, mentes huecas y hojas en blanco, logró hacerse con lo que más precisaba. Un momento plenamente suyo, de los pocos que recordaba como auténticos. 

Releyó esas diez palabras, más de diez veces. Por cada ocasión, en la que los ojos desfilaban por entre las letras, se formaba una nueva expresión y una distinta forma de leerlo. Desde el desconcierto inicial, a una sonrisa tímida, de esas que no se pueden contener. Pasó de creer en que era mera nostalgia ante un tiempo mejor, a percatarse de que seguía en ese "tiempo mejor". 

Volvió a leer el pequeño pedazo de papel. Era escueto y escaso, arrugado hasta poder decir que maltratado. Pero en su insignificancia, había conseguido confeccionar de nuevo un hoyuelo, en el lado izquierdo del fin de sus labios. No era mucho, pero si cuanto necesitaba. Dobló el castigado fragmento de papel y lo guardó donde estaba. Ya sabiendo su contenido de memoria, recitó las diez palabras:

"Quédate a dormir hoy. Bueno, quédate una semana... ¡Un mes!"

lunes, 28 de julio de 2014

Eterno bamboleo


Comenzó la sensación de estar a punto de desfallecer, como al deslizarte por el mar. Ir de un lado a otro, pero manteniéndose siempre estático. La lejanía ya no importa, da igual, pues el tiempo ya no continúa. Nada logra proseguir, pues siempre se está en la misma situación. La misma sensación que estar encerrado en una habitación, incapaz de salir por más alaridos que la garganta confiera o las patadas que reciba la puerta. Era un eterno dejavú.

Detenerse a mirar por la ventana, para empezar el juego de convertirse en dios. Inventar historias sobre los transeúntes que pasan tras su cristal. Su cristal, pues es su momento. Todos caminan, corren, pasan con sus bicicletas y ríen a su alrededor. Ahogados entre el gozo y las risas, los actores desaparecen y el dios omnipotente degusta su poder. La creación de situaciones que, muy posiblemente, ninguno de ellos ha experimentado.

Una mano humana se deslizó por la mesa y a poco estuvo de derramar su copa. Observa la copa y, en ese segundo, se aleja de todas las fantasías de su cabeza. Termina alejándose, una vez más, de su yo más sano: el inexistente. Vuelve a aquel bar abarrotado de mesas corridas, cervezas y exclamaciones. Olvida todo lo recién creado e idealizado, abrumado de los repentinos sonidos de la sala. Vuelve a ser un mero ser humano. Pierde todas sus capacidades como deidad, para terminar embarcando en un mundo mediocre. Un mundo donde nada vale, pues nada significa.

domingo, 1 de junio de 2014

Luna hueca


Qué sola se siente la Luna, precisamente por estar rodeada de estrellas. 
Encerrada entre seres celestes, ella queda como un ente insignificante.
No posee luz propia, por lo que finja tenerla.
Realmente no es nada, mas allá de un reflejo. Todo lo que es, es lo que nunca será.