La costumbre se hizo dueña de cada mañana. Las pisadas, de fuerzas ya agotadas, guiaban al nuevo día. La música pasaba de oreja a oreja, sin dejar rastro alguno en su ser. Se escondió bajo su desdicha y comenzó a llorar sin razón alguna.
Implacable lloró ríos de cordura, cada vez más amargos, por cada paso que daba. Se distanció, forzando el tiempo que haría de su persona un ser que fue importante en otros momentos de la vida. Lloró, otra vez y con más fuerza, al recordar los buenos acontecimientos pasados. Todo hecho feliz era tan fugaz, tan puntual y hermoso, que por ello había temido su pérdida. Realmente seguía temiendo, pero sin saber el qué, pues ya nada quedaba.
La sentencia cada vez era más clara e implacable. Cualquier resquicio de salvación era una risa burlona en su cara y una bofetada a su antiguo henchido orgullo. Los últimos meses habían sido un conjunto de entremeses. Pequeñas falsedades, situaciones ficticias, donde el amor y la amistad prevalecían sobre cualquier mal. Diminutas obras maestras de la risa y la esperanza. Esos primeros platos, para la comida de la vida, no eran más que un edulcorante para intentar alejar la mente del beso de la muerte. Algo imposible de detener o evitar. Ahora ya han terminado y da paso el gran acto: la tragedia.
Extinto hasta el último resquicio de alegría, asustada hasta la más diminuta de las sonrisas, llegó una frase célebre a su recuerdo: "La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan." Se preguntó cómo no iba a ser una tragedia sentir la pérdida de un ser querido, el enfriamiento de una amistad o el fin imparable de una relación. Con cada personaje de la obra que observaba, encontraba miles de cualidades de las que no disponía. Todas ellas buenas, todas ellas nobles; mientras todas las suyas eran desesperantes e inservibles.
Deseó el fin de la actuación, pero esta no llegaba y no tenía fuerzas para levantarse del asiento y salir del teatro. Aguantó largo tiempo ahí, atendiendo a cada matiz de los personajes, a lo cruel que resultaba la vida en aquella puesta en escena y lo real que parecía.
Implacable lloró ríos de cordura, cada vez más amargos, por cada paso que daba. Se distanció, forzando el tiempo que haría de su persona un ser que fue importante en otros momentos de la vida. Lloró, otra vez y con más fuerza, al recordar los buenos acontecimientos pasados. Todo hecho feliz era tan fugaz, tan puntual y hermoso, que por ello había temido su pérdida. Realmente seguía temiendo, pero sin saber el qué, pues ya nada quedaba.
La sentencia cada vez era más clara e implacable. Cualquier resquicio de salvación era una risa burlona en su cara y una bofetada a su antiguo henchido orgullo. Los últimos meses habían sido un conjunto de entremeses. Pequeñas falsedades, situaciones ficticias, donde el amor y la amistad prevalecían sobre cualquier mal. Diminutas obras maestras de la risa y la esperanza. Esos primeros platos, para la comida de la vida, no eran más que un edulcorante para intentar alejar la mente del beso de la muerte. Algo imposible de detener o evitar. Ahora ya han terminado y da paso el gran acto: la tragedia.
Extinto hasta el último resquicio de alegría, asustada hasta la más diminuta de las sonrisas, llegó una frase célebre a su recuerdo: "La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan." Se preguntó cómo no iba a ser una tragedia sentir la pérdida de un ser querido, el enfriamiento de una amistad o el fin imparable de una relación. Con cada personaje de la obra que observaba, encontraba miles de cualidades de las que no disponía. Todas ellas buenas, todas ellas nobles; mientras todas las suyas eran desesperantes e inservibles.
Deseó el fin de la actuación, pero esta no llegaba y no tenía fuerzas para levantarse del asiento y salir del teatro. Aguantó largo tiempo ahí, atendiendo a cada matiz de los personajes, a lo cruel que resultaba la vida en aquella puesta en escena y lo real que parecía.

