Prometió no preocuparse por el momento, pero era muy tentador.
Era un juego de incontables partidas, cada poco tiempo se reunían para comenzar una nueva, esperando el mismo objetivo: vencer. Solía importarles poco el entorno en el que llevar a cabo las partidas: cuidadas cafeterías, vulgares parques o bares tristes, tras largos paseos por las abarrotadas calles. Tampoco les preocupaba el clima: ya fuerasen días de insufrible sol, lluvias torrenciales, ligeros vientos, o calmados días.
Nada de todo aquello era relevante, el entorno era insignificante, solo podían centrarse en la intrincada partida que tenían acordada, sin haber llegado a ningún acuerdo. No se dijeron nada porque no sabían que quería el otro, solo lo intuían... y les gustaba esa agonizante duda. Muy en el fondo, aquella cuestión era la ambición que empujaba a tirar cada vez más de la cuerda. Pero hay que tener cuidado con los tira y afloja, si te importa que la cuerda se rompa.
Todo era demasiado confuso en aquel complejo juego de intención y azar, les faltaba el comodín prohibido. Si supiesen qué pensaban el uno del otro, podrían cambiar las estrategias y parar con la prueba de ensayo y error. Se frustraban con la simple idea de poder perder aquel juego de manos y palabras, la intriga de estudiar los movimientos del otro, al milímetro. Agonizaban por poder ganar la partida. Sonreían con mirada de complicidad, un brillo arraigado a tanto misticismo.
Eran un poco sádicos y falsos, les gustaba mantener las apariencias, crear un personaje que siguiese aquella fantasía, para excusarlos en la vida real. Era pasar a otra realidad. Se esperaban en sus camas vacías, sin importar las discusiones, cayendo en la ensoñación. Confundían malentendidos, el juego y la realidad en uno solo. Se autodestruían con tanta afinidad...

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