lunes, 18 de marzo de 2013

La habitación 803

El problema no era no hablarse, era mentir a su propia alma. 

Un dilema encontrado entre las vías, en los andenes, de los muchos trenes de la vida. Le faltaba la respiración al oír su voz, se acongojaba con cada conversación, escrutaba su mirada. Sonreír a su espalda, dedicar una jocosa risa, llorar en su hombro o morder su dura cabeza. El destino no es caprichoso, cada uno decide en qué tren ir al hogar. Sin ni siquiera tener las llaves para entrar en casa.

Se remueve en la cama, mientras la zorra de la conciencia pacta con el cerebro para que desee lo que no tiene. Gime con edulcorados placeres, crea realidades ajenas en las que toma otro tren, se relame gustosa ante expectativas inalcanzables. Otras noches, tras volver de la estación y acurrucarse entre las sábanas, aparece la víbora realidad, ansiosa por devorar. Los colmillos calan en la delicada piel del muslo. Grita ante sangrientos actos, se siente sola en un espacio desolado, se muerde con fuerza los labios al pensar en todo lo que no ha conseguido ni conseguirá.

Atesora la ausencia de quien importa. Es una historia eternamente irrepetible; siempre sucede con esa persona, pero la atracción cada vez toma una forma. Abraza su furia para no herirse con los minutos de espera. Custodia el odio a sí misma. Araña excusas que se apiaden de ella. Ambiciona poder crear un mundo idílico. Estudia momentos pasados en fotogramas. Desgarra sus cuerdas vocales de tanto ver y escuchar a esa persona. Parpadea a la presión omnipotente.

Continuará pensando que nunca llegará la carta de confesiones a la habitación 803, pues el emisor puede no tener nada que decir. O quizá son tantas cosas que no puede ponerlo por escrito. Quizá, simplemente, no se atreva. Pero ahí reside ella, en un mugriento cuarto de hotel, esperando unas palabras determinadas. Sin ni siquiera tener las ideas claras de qué ocurriría a continuación.

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