miércoles, 13 de marzo de 2013
Nada quería salir del búnquer del cuerpo
- ¡Lucha por lo que quieres! ¡Siempre te lo he dicho... - su grito se ahogó entre un acallado sollozo.
Por primera vez apareció algo que nunca se vio en esa persona: nerviosismo. Ahogado, contenido por mucho tiempo. Palabras que revoloteaban con presión por su cabeza, pero que no se atrevían a salir. Eran tímidas ante el frío del exterior, se acongojaban con la idea de ser vistas y necesitaban esconderse tras la campanilla.
Lo mismo sucedía con la ira y las lágrimas. Nada quería salir del búnquer del cuerpo, se disfrazaban tras una pose calmada. Algo tensa, pero que denotaba parálisis y paciencia. Planteamiento y reflexión similar a un huracán, solo mostrados por el fulgor de los ojos. Se abrazó con desesperación a la necesidad de no perder nada más en su vida.
Todo siempre fue así, no reflejar nada, ser un espejo opaco. La pintura que antaño tapaba la leve laca negra que lo hacía ser así, con el tiempo se había desconchado. Había caído a tiras, hecho agujeros y rajas. Tenía una debilidad, que había ayudado a superar lo agobiante que resultaba su mente. Y ahora ese torbellino quería alejarse, y romper el cristal que no estaba cubierto.
No podía permitir que nada de aquello sucediese. Era la hora de actuar. Se abrazó a lo que sostenía su mundo, lo que no hacía que se precipitase en el universo. Todo era demasiado confuso, casi no se podía pensar correctamente. Pero solo había una idea latente: no te marches, no ahora, nunca.
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