jueves, 25 de abril de 2013

Esta será la última vez



   No lograba captar bien la realidad, entre el tumulto de hechos ocurridos y el cúmulo de pensamientos que embotaban mi cabeza. Cuando me paré a pensar friamente qué estaba pasando, comprobé que todo era inconexo: lo acontecido parecía etéreo, vaporoso y extrañamente lejano. Comencé a sentir que me temblaba el cuerpo, y que este parecía conferir un increíble calor y cosquilleo desgradable bajo la piel. El estómago decide estrecharse para que recuerdes qué has comido, mientras el malestar sube por la nuca y te proporciona un pitido en los oídos. Quise engañarme pensando que sería efecto del traqueteo del tren, pero sabía que no era así; había realizado aquel trayecto más de cien veces y esta era la primera en la que me sentí así.

   Desvié con eficacia la mirada hacia el cristal, al darme cuenta de que mucha gente me observaba en el cubículo. Temí echarme a llorar y dejar que los sentimientos se desbordasen; temí no poder parar si comenzaba a ceder ante la autocompasión. Vi pasar ante mis ojos: árboles, vías oxidadas, industrias dejadas de lado y muchas despreocupadas personas. Eran ífimos elementos que no aportaban nada a mi mente, no parecían llegar a la consciencia. El ligero pitido de oídos continuo me agobiaba, sentía una presión en el pecho que me atosigaba... Me sorprendí al notar la respiración entrecortada, estaba segura de que no había alterado el ritmo; no hiperventilaba, pero los intervalos para tomar aire eran demasiado largos. Quizá eso explicaba la sensación de mareo, no llegaba suficiente oxígeno al cerebro, el cual notaba latir con efusivo  bombear de sangre de una forma repugnante. 

   Apreté las manos con fuerza, si alguien me estaba mirando no quería que viese mi malestar. Tras tomar aire con forzada normalidad, me llevé con falsa seguridad una mano al bolsillo y saqué mi teléfono. Cuando lo llevé a la oreja solo podía intentar convencerme de que mi voz no titubearía. Me centré tanto en ello, que cuando descolgaron al otro lado de la línea, tardé un segundo en pensar qué estaba haciendo. "Hola , ¿qué tal la tarde?" dije intentando sonar lo más desinteresada posible, aunque me pareció que desprendía algo de tristeza. Mi interlocutor respondió somnoliento, con educación  pero con parsimonia, hasta que para mi pena, me tocó responder "¿Estás ocupado? Necesito ver a alguien...." me regañé por la voz tan rota que transmitieron mis cuerdas vocales con timidez.
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   Mentiría si dijera que no me sentí complacida ante el cálido abrazo que me encontré a la salida de la estación. No me molesta el morbo que buscan las gentes aburridas, intentando atinar qué sucede en tu vida con ver tu cara. Me fastidia no poder controlarme cuando me gustaría parecer tranquila. No percibí en qué momento mis lágrimas cruzaban mis mejillas hasta que noté que me abrazaban con más fuerza. Tampoco soy consciente de cuándo empecé a apretarme contra su cuerpo, ni cuánto tiempo pudimos mantenernos así. Aunque no emitiese ninguna queja, decidí apartarme levemente. 

   Me tomé mi tiempo para poder hablar de lo que mi mente narraba como lejanos recuerdos. Me mordí el interior de la mejilla hasta notar un punto de dolor, tomé aire y enjugué mis lágrimas con mis mangas con ausencia de delicadeza. ¿Qué importaban las apariencias? A mi nada en absoluto.
"Esta será la última vez que llore así, que fatigue mi alma hasta derrumbarme. Esta será la última vez que caeré al vacío, porque he alcanzado el límite." Eso me decía mi voz interior una y otra vez, hasta mientras me distraía con absurdas conversaciones. Aquella fue la última vez que me dejé llevar por tanta lástima por mi incapacidad de razonar y esta será la última en la que escriba sobre ello.

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