Una sucesión de imágenes se adueñaron del mandato que tenía sobre su propia mente. Breves recuerdos, apuntes del pasado, que solo llevaban a rememorar lo ínfima que era su existencia. Los párpados se abrieron de pronto, el ceño se frunció al momento y el iris era un bosque agitado por el viento; los aires del miedo capaces de desplazar la integridad de cualquiera. Tembló por un segundo, tapó su boca con una de sus manos y tomó aire; el poco que quedó en sus pulmones tras la impresión.
No lograba pensar con claridad. Se sentó sobre la cama y se colocó de una forma propicia para poder tener más oxígeno, como era mecánico en su mente cada vez que sufría un ataque de pánico. Sus pensamientos era débiles frases inconexas, ni siquiera llegaban con la fuerza suficiente para que la parte consciente del cerebro asimilase cuál era el problema. Sin embargo, en lo más hondo del inconsciente el terror se agazapó, se fundió y se esparció por todo el terreno que tenía libre. No existía una vuelta atrás que limpiase toda mala sensación, por lo cual, lo único por lo que podía preocuparse era seguir respirando.
Había una ligera luz que bañaba con suavidad algún fragmento de la habitación, pero no podía centrarse en otra cosa que no fuese la sábana que cubría sus piernas. El pelo había precipitado hacia adelante, tapando su rostro, enmarcando un pequeño círculo; este era todo el espacio que, en aquel momento, comprendía el mundo en su mente: un trozo de tela. Recordó levemente que había alguien más en la casa pero no se planteó siquiera abrir la boca, no podía; si abría los labios, estos temblaban. Se sentía débil hasta el punto de no poder moverse. Sentía una completa incapacidad para razonar o reaccionar ante lo que estaba sufriendo. Angustia, asfixia, insatisfacción, nerviosismo incontrolado y autodestrucción.
- Estoy aquí. Tranquila, estoy aquí.
No se había percatado de la presencia de otra persona en la sala, ¿cuánto tiempo había transcurrido? No había podido reaccionar ante nada, se había bloqueado en un punto de no retorno; los fantasmas de su cabeza perseguían su frágil estabilidad. Quería huir, huir de su propia mente ¿cómo podría hacerse tal cosa? De repente se encontró abrazada a su interlocutor, sin ser consciente de si seguía sentada o tumbada; sin saber si estaba temblando o si solo creía estarlo. Corrieron las lágrimas por las mejillas y entre el pelo enmarañado logró sentirse más humana. Débil, confusa, desubicada y a punto de desfallecer. Escuchar aquellas pocas palabras ayudó a no querer lanzarse desde el precipicio; la desesperación se apartó levemente para dejarla descansar.

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