martes, 3 de septiembre de 2013

Pase VIP de fantasía, antes de la hora de la cena


No fue la primera, ni será la última amiga que conocí o conoceré. No somos inseparables; nunca hemos llegado a pasar más de una semana juntas por cada tres o cuatro meses sin vernos. No hablábamos por teléfono mas de cinco veces al año. No nos hicimos amigas con dos palabras, realmente hasta tardamos un par de años en llevarnos bien. Pero acabamos siendo uña y carne.

Como compensación por haber nacido un año antes que ella, mi querida amiga me saca más de una cabeza y es a mi a quien piden siempre el DNI por cualquier minucia. Vivimos a 257 kms de distancia, pero lo compensamos con conversaciones de seis horas para ponernos al día. Mientras que me he encaminado por la senda de las letras, ella se ha dedicado a intentar cumplir la promesa de ambas de conquistar el mundo con moñigotes que ilustren la vida de muchos.

Juegos infantiles que quedan en el más dulce de los recuerdos: tardes de fantasía y toda la paga de nuestra niñez tirada en chuches. Adolescencia de sentarse o caminar para comentar las preocupaciones del momento. Años de confidencia, diversión y conversaciones entrecortadas por largas risotadas que no te dejan respirar. Puedo decir que ella me enseñó a llorar de alegría... y qué dulce saben esas lágrimas. Es mi pequeña gran niña, la cual me mata con cada uno de sus abrazos y me emociona con solo una sonrisilla.

Ella fue y será uno de mis pequeños vistazos irreales. Es irreal que sea tan diferente a la media, simplemente por el hecho de ser sencilla. Cada dramatización que hemos llevado a cabo era una pequeña obra de teatro en el corazón, con pase VIP, antes de la hora de la cena. Cuando explorábamos un parque siendo pequeñas, creyéndonos duras valkirias, fingíamos galopar a lomos del animal que más nos conviniese. Solo éramos dos, pero nuestras agudas risitas llenaban cualquier terreno que invadíamos con picas invisibles o por la fuerza de espadas incorpóreas.

Ahora gracias al paso del tiempo, o por culpa de este, esto es un recuerdo que sacamos en una de nuestras largas conversaciones cada vez que nos vemos. Acabamos riendo, por el suelo, con la reminiscencia de la dicha que nos producía ser pequeñas grandes heroínas, de nuestras mayores fantasías. Ya no queda capacidad para ver todo lo que acordábamos ver: desaparecieron hace tiempo los dragones, los hipogrifos, los gigantes, los elfos; la magia en general.

Aunque ya no vivamos una novela épica, nos queda la ilusión con la que relatamos una y otra vez esas aventuras. Quizá porque en aquella etapa cualquier problema era excusado, o aprovechado, para ser una nueva historia en el gran libro que conformaba nuestros encuentros. A pesar de todos los delirios de una mente joven, tuvimos siempre la confianza de comentar los problemas más serios la una con la otra... y como es característico entre niños, lográbamos dejarlo pasar con ese pequeño desahogo.


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